Mueca trágica con forma de sonrisa
Arnaud Desplechin, uno de los realizadores franceses actuales más apreciados por la crítica, dijo una vez que sus películas son ajustes de cuentas o venganzas: contra su familia (La vida de los muertos), contra Francia (La centinela), contra sus amantes (Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle). Parece que ahora le ha llegado el turno al ajuste de cuentas con la vida misma a través de sus mil reflejos en una historia de familia. Una historia de familia, eso sí, que se inscribe en ese moderno género cinematográfico, consolidado desde los años 60 con las pinturas negras de Bergman, que son las películas que presentan la familia como un nido de víboras, un nudo de silencios que a veces se desata en estallido de rencores, un pacto de convenciones que mal encubren desamores, unos rituales que disciplinan odios y frialdades. Género tan convencional como su opuesto que representa familias idealizadas, tan alejados los dos de esa auténtica media luz de la vida sobre la que escribió Joseph Conrad; pero que se beneficia del prestigio intelectual del nihilismo, de la carga de verdad que convencional y abusivamente tantas veces se atribuye al pesimismo y del hiriente talento con el que algunos realizadores diseccionan la familia como si fuera un organismo, además de muerto, putrefacto.
Desplechin tiene este talento y su negrísimo cuento de Navidad, que no carece de momentos de desgarrada ternura, es una bajada a infiernos de enfermedad vivida sin esperanza, muerte sufrida sin consuelo, odio no remediado por el perdón, memorias que sólo guardan rencores, procesos de autodestrucción no frenados por la compasión de los otros. Difícil saber si se trata de una comedia negra que a veces despega hacia la tragedia o de una tragedia que, cínicamente, se permite momentos de comedia. Rodada con vigor, inserta con maestría el verbalismo característico del mejor cine francés (Truffaut o Rohmer) con la capacidad de visualizar sentimientos y conceptos a través de la escueta y severa representación de las cosas y los cuerpos (Melville o Bresson). Delpechin no tiene -o aún no ha alcanzado- la grandeza de los maestros citados. Pero algo de ellos hay en su cine, además de lo mucho que de propio tiene: la rabia, el rencor, la ironía, la negrura, la capacidad para convertir a sus actores en fuerzas desatadas o en estatuas de hielo... Virtudes negativas que crean una película con forma de mueca que, de ser una sonrisa, recordaría a la que hicieron a cuchilladas sobre el rostro de El hombre que ríe de Víctor Hugo o, por ponernos más modernos y ligeros, a la del Joker de Batman. Una pregunta flota al final de la película: ¿qué aborrece más Desplechin: la familia, los tiempos modernos o a sí mismo?
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