Ruben Brandt, Collector | Crítica SEFF

Caleidoscopio por las entrañas

Una imagen de 'Ruben Brandt, collector'. Una imagen de 'Ruben Brandt, collector'.

Una imagen de 'Ruben Brandt, collector'.

El concurso amplía sus horizontes con la animación, especie de la imagen móvil a la que el festival siempre prestó atención gracias a los desvelos de Elena Duque. Ruben Brandt, collector funciona porque en su aceleración posmoderna, en su indecorosa mescolanza genérica –filme psicológico, thriller mafioso, película de espionaje–, remite a una arcadia de la práctica: el lugar simple, sencillo y feliz del collage. Un corta-pega que aquí, además, pone en paralelo la historia del arte con la del cine, para, en última instancia, reclamar su naturaleza de desmemoriada técnica de acercamiento.

En su superficie, que cuenta la historia de un psicoterapeuta traumado por una relación paterna a lo Peeping Tom, la película ejecuta volatines entre museos y famosas obras de arte (del Louvre al MoMa, de Velázquez a Manet, Hopper o Warhol) mientras desarrolla las subtramas de acción (que a su vez remiten a clásicos populares, de Hitchcock a Spielberg). Y aunque su autoconsciencia señale al consumidor resabiado, le permite cargar con un plus didáctico para que los jóvenes, al tiempo que se divierten, se expongan a los gestos e implicaciones de algunos hitos plásticos.

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