SALVADOR SOBRAL | CRÍTICA

La venganza del baladista

  • Salvador Sobral conmovió a un público que en su mayoría iba a oír el tema de Eurovisión y terminó rendido a una música que le es tan ajena como el jazz.

Salvador Sobral se confirmó como un intérprete sobrado de recursos en su recital en el Maestranza. Salvador Sobral se confirmó como un intérprete sobrado de recursos en su recital en el Maestranza.

Salvador Sobral se confirmó como un intérprete sobrado de recursos en su recital en el Maestranza. / Juan Carlos Vázquez

Nos contaba Salvador Sobral durante su concierto de anoche en el Teatro de la Maestranza una historia que le ocurrió varios años atrás, cuando aún era muy poco conocido y se buscaba la vida cantando en bares y salas pequeñas de Andalucía. Una noche estaba cantando en un, según él, antro de mala muerte, en Morón, lleno de personas que habían ido a escucharle pero no respetaban sus interpretaciones y no paraban de charlar a un volumen muy alto. Salvador masculló entre dientes la frase que los portugueses tengan equivalente a pa chulo mi pirulo y se vengó de ellos cantando solamente baladas suaves y tranquilitas que apenas se podían oír. Y entre una y otra de ellas, esta vez sí levantó bastante la voz para que todos les oyesen decir: Algún día vosotros pagaréis 40 euros para escucharme cantar en el más grande teatro de Sevilla.

Y su predicción se cumplió en cuanto comenzó, tras unas bromas con Todo es de color, a sonar Change con una voz que irradiaba calidez y pasión. Siguieron Cerca del mar, la última de las canciones que ha grabado hasta ahora, en castellano; Presságio, la canción que más le gusta a Salvador cantar de todo su repertorio actual, por ser de las últimas incorporadas y ver cómo va cobrando una nueva vida a medida que la van interpretando, con una instrumentación por parte del magnífico pianista Julio Resende, y la magistral sección rítmica que componen el bajista André Rosinha y el batería Bruno Pedrosa, que subrayan las afinidades compartidas y el ajuste de recursos musicales, dándole al cantante el abrazo ideal para expresarse ferozmente, con honestidad y con la pura generosidad de crear algo nuevo cada noche que está en el escenario.

Salvador Sobral no ha domesticado su fama para llevar a las grandes audiencias la sensación real de lo que es balancearse con libertad y sin preocupaciones. Realmente sentimos lo que nos canta porque es un vocalista que ama explorar la creatividad a través de los poros del jazz. Y por eso sus canciones contenían todo tipo de complejidades, rítmicas y armónicas, tonales, incluso políticas, filosóficas y metafísicas. Utilizó la fonética y la cadencia como agentes del ritmo, su instrumento no fue solo su voz sino todo su cuerpo; sus gestos y sus expresiones afectaban a su canto y viceversa, todo lo que salía  de su cuerpo era legítimo para la interpretación y Salvador Sobral lo usaba en su actuación artística. Y el público lo aceptó embelesado.

Interpretar, cantar frente al público es algo natural para Sobral. Y eso es contagioso, por eso todo el público le acompañó cantando también.

Así se fueron sucediendo Loucura, Playing with the wind, modificadas con armonías de jazz; canciones llenas de sensualidad teñida de tristeza y de alegría, hasta llegar a la dulce y lirica Amar pelos dois, el momento que casi toda la audiencia esperaba, una canción realmente triste, pero de una manera hermosa e inescrutable, con la que se vivieron dos grandes momentos: al terminar sonó la mayor ovación de la noche y Sobral la retomó para terminarla a capella de forma ingrávida e inspiradora, cosechando otro aplauso aún mayor que el anterior.

Las canciones cambiaron constantemente de estado de ánimo y ritmo, en una apertura estilística de su repertorio, basado en un enfoque orgánico de la música. Interpretar, cantar frente al público es algo  natural para Sobral. Y eso es contagioso, por eso todo el público le acompañó cantando también No corpo e na alma estaba o coraçâo en un coro multitudinario.

Tras la lectura del poema Hasta que la vida nos separe, que leyó con toda su alma Chipi, quien había sido antes blanco de las iras del público al pedir a voz en grito que Sobral se dejase de baladitas y cantase algo más movido, en un gracioso teatrillo que nadie advirtió que estaba preparado hasta que Sobral lo destapó, el cantante se fue del escenario con su gran versión de Ay amor, para reaparecer poco después solo, y sentado al piano desgranar fragmentos de canciones entre las que volvió a incluir un nuevo guiño a Lole y Manuel con Tu mirá, que para eso nos dijo que tiene una costilla flamenca… aunque no se note.

La interpretación de Mano a mano, con la participación en la percusión de Luati González, el amigo que le introdujo en la vida sevillana, puso punto final a un concierto conmovedor, con incluso momentos desgarradores en la interpretación de Sobral, pero enormemente divertido e inolvidable.

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