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Crítica 'El lobo de Wall Street'

Scorsese resucita a la sombra de Welles

El lobo de Wall Street. Criminal/drama/biopic, EEUU, 2013, 179 min. Dirección: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Howard Shore. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Matthew McConaughey, Jon Bernthal, Jon Favreau.

Desde Casino (1995) Martin Scorsese no rueda una película digna de su genio. Algunas obras notables hay en estos casi 20 años (Kundun, Infiltrados, Hugo), pero las más de ellas son erráticas, desorientadas e hipertrofiadas hasta casi la autoparodia. Afortunadamente terminaron las vacaciones: Scorsese ha vuelto. Lo hace reencontrándose con el universo delictivo que le es propio (porque esta es en realidad una película de gánsteres más o menos disfrazados de corredores de bolsa; y el FBI y la mafia no andan lejos); con los personajes destructivos y autodestructivos que tanto le fascinan (una energía enloquecida capaz de elevar a la cumbre -de lo que sea, aunque se trate de la cima de la podredumbre- y de arrojar al abismo con la misma frenética determinación); y con una historia tan brutal que justifica el estilo furibundo, barroco y desencadenado que es consustancial a su personalidad.

El lobo de Wall Street es un arrebatado, larguísimo y agotador cruce entre Uno de los nuestros, Casino, Ciudadano Kane y la trilogía gangsteril de Cagney (El enemigo público, Los violentos años 20 y Al rojo vivo) que traslada Las Vegas o Chicago a Wall Street, el universo de la mafia al de las finanzas y los tipos de ficción interpretados por Ray Liotta, Robert de Niro o James Cagney al personaje real del corredor de bolsa en cuyas memorias se inspira esta película.

Scorsese intentó ser Welles contando la historia del Americano en El aviador, inspirada como Ciudadano Kane en Howard Hughes; y fracasó. Ahora casi lo ha logrado (y digo casi por respeto a la distancia que separa esta película del Kane que Scorsese copia/homenajea sin pudor, desde el gesto de Di Caprio hasta la celebración de su primer éxito en la oficina, pasando por la relación entre el líder y sus más estrechos colaboradores). Que la figura del Americano se haya degradado de un magnate de la prensa a un especulador sin escrúpulos dice mucho sobre lo que va de la América rugiente de los 20, la del New Deal de los 30 o la triunfal de los 40 y los 50 a la de las subprimes, Madoff, Lehman Brothers y la crisis económica de 2008.

Desde el principio -la mirada a cámara y la sonrisa de Di Caprio cuando baja la escalera de su mansión- está claro que el modelo es Kane. Desde el principio -exposición de sus mansiones, coches, yates, aviones, mujeres y adicciones- está claro que se trata del retrato desaforado del Americano en la era del declive del imperio americano. Desde el principio -lanzamiento de un enano contra una diana en una oficina atestada de enloquecidos gánsteres/ejecutivos y felación mientras conduce un deportivo a toda velocidad- está claro que se nos mete en el exceso sin prólogo ni obertura... Y que no saldremos de él en tres horas.

Nada se para. Ni DiCaprio de engañar, beber, fornicar y drogarse; ni las finanzas de destrozar vidas y hasta economías de naciones; ni la música de sonar; ni la cámara de moverse (y cuando se para es para que personajes al borde de un ataque de nervios -más bien de un ataque de cocaína- suelten largos monólogos febriles); ni el montaje de fragmentar los planos en teselas de un mosaico dantesco. La cámara es la confidente de Di Caprio -que se dirige a ella (a nosotros) con un desenfado entre wellesiano y felliniano- y un instrumento asombrosamente dúctil en manos de un Scorsese que parece haber rodado El lobo de Wall Street bajo el efecto de las sustancias que toma su intérprete, de un tirón, furiosamente, en un estado entre la inspiración, la euforia y la demencia.

La conocida fascinación de Scorsese por la brutalidad macarra, la violencia primaria y los tipos despreciables se despliega como un abanico que abarca toda la escala social del delito y del mal gusto, desde los matones musculosos que hacen pesas en los garajes de sus casuchas suburbiales hasta los más lujosos despachos de Nueva York. De esta (insana) fascinación que se remonta al principio de su filmografía nace la desconcertante intensidad con la que construye monumentos cinematográficos a seres repulsivos a través de un estilo tan hipnóticamente envolvente que nos convierte en cómplices. Nos divierten estas burradas tratadas con tono de farsa de humor negro, a la vez que nos sobrecogen.

Un DiCaprio espléndido (en un registro extremo y casi siempre gesticulante tan espectacular como fácil) encabeza un reparto en el que cada uno de los muchos actores tiene al menos un minuto de gloria. Sólo un reparo, pero grave: cuando termina, y cesa el encantamiento, podríamos preguntarnos si nos ha cegado el brillo de la pirotécnica visual y si hacían falta tres horas para contarnos lo que se nos ha contado y mostrarnos lo que se nos ha mostrado.

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