Días de vino y rosas | CRÍTICA DE TEATRO Tristes caminos sin retorno

Cristina Charro y Marcial Álvarez durante la representación.

Cristina Charro y Marcial Álvarez durante la representación. / E. Martínez

El Ciclo 21 grados, que suele ocupar durante el verano el patio del Cicus de la Universidad de Sevilla, inauguró la temporada 2021 el pasado lunes con una pieza teatral de la compañía ADN Teatro, creada a partir de una célebre película americana.

Realizada a partir de un guion televisivo escrito cuatro años antes, la película de Blake Edwards Días de vino y rosas (1962) es hoy uno de los títulos más valorados de la historia del cine.

Y no únicamente por sus valores cinematográficos, ni por la maravillosa actuación de Jack Lemon y Lee Remik, sino porque el tema de la autodestrucción del ser humano es algo tan terrible como universal.

Que se busque la evasión en las drogas, o en ese alcohol tan presente en nuestras sociedades occidentales, es algo que podemos comprender cuando la gente vive situaciones desesperadas o desesperanzadas, pero cuando personas que se aman y viven una vida aparentemente plena, como Sandra y Luis (los Joe y Kirsten de la versión teatral española realizada por David Serrano), resulta un misterio que sea la propia voluntad la que los lleve a la destrucción.

El montaje de ADN Teatro, que españoliza la historia y reduce a una escena los preámbulos, entra de rondón en esa bajada a los infiernos de los protagonistas, en ese camino sin retorno de ambos. De ella, tal vez la más indefensa, porque no logra encontrar la fuerza necesaria para superar su adicción. Y de él porque, a pesar de su regeneración, no podrá olvidar nunca que fue quien la arrastró en su caída, insuflándole frases como "no me gusta beber solo", repetidas como un mantra, desde el momento en que la conoció.

Con la ayuda de un sencillo elemento escenográfico y un par de sillas, son los actores, Marcial Álvarez y Cristina Charro, los que se juegan la pieza a una carta, entregándose, con oficio y con pasión, a la arriesgada tarea de expresar, junto a su amor, esa parte más oscura de la pareja -incluidos la violencia y el maltrato del hombre- que la bebida, como cualquier adicción, saca a relucir.

En contra tienen el hecho de que el público sabe perfectamente lo que va a pasar y, en el plano actoral, el peligro que conlleva interpretar borracheras, con sus inevitables clichés, en un escenario.

Conscientes de ello, ambos se valen de todas sus armas y, sobre todo en la segunda parte, logran la complicidad de un público que, desgraciadamente, es probable que haya sido testigo en la vida de alguna historia parecida.

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