El color de la polifonía barroca

Accademia del Piacere | Crítica

Accademia del Piacere abrió el año 2026 en el Espacio Turina
Accademia del Piacere abrió el año 2026 en el Espacio Turina / Luis Ollero

La ficha

ACCADEMIA DEL PIACERE

****

Música antigua en Turina. Accademia del Piacere: Quiteria Muñoz, tiple; David Sagastume, alto; Ariel Hernández, tenor; Javier Cuevas, bajo. Johanna Rose y Rami Alqhai, vihuelas de arco; Carles Blanch, guitarra barroca; Javier Núñez, clave y órgano; Agustín Diassera, percusión; Fahmi Alqhai, vihuela de arco y dirección.

Programa: Sablonara

Gaspar Sanz (1640-1710) / Fahmi Alqhai (1976): Pavana

Mateo Romero (1575-1647): A la dulce risa del alva (folía a 4)

Anónimo / Fahmi Alqhai: Xácaras

Manuel Machado (1590-1646): Dos estrellas le siguen (a 4)

Andrea Falconieri (1585-1656): La suave melodia y su corrente

Mateo Romero: Ay que me muero de zelos (a 3)

Anónimo siglo XVII / Fahmi Alqhai: Fandangos

Juan Blas de Castro (c.1561-1631): Desde las torres del alma (romance a 4)

Juan de Torres (1596-1679): Lucinda, tus cavellos (canción a 4)

Mateo Romero: Aquella hermosa aldeana (romance a 4)

Anónimo / Fahmi Alqhai: Folías de España

Mateo Romero: Romerico florido (folía a 2)

Andrea Falconieri: Passacalle i Ciacona, a tre

Anónimo: De tu vista celoso (seguidillas a 4)

Lugar: Espacio Turina. Fecha: Viernes 9 de enero. Aforo: Lleno.

La propuesta de Accademia del Piacere en torno al Cancionero de la Sablonara se situó deliberadamente lejos de una lectura filológica estricta. Frente al reciente registro del también conjunto sevillano Vandalia –cuatro voces empastadas con rigor y un acompañamiento mínimo de arpa–, el grupo de Fahmi Alqhai optó por un enfoque híbrido, coherente con una línea de trabajo asentada desde hace años: alternar y entrelazar los tonos polifónicos con músicas instrumentales articuladas sobre bajos ostinati, terreno en el que la formación ha demostrado imaginación, soltura rítmica y una notable capacidad de comunicación. En este sentido, la sucesión de las piezas instrumentales respondió a una lógica de crescendo muy perceptible. Desde la pavana inicial, de carácter contenido, el discurso fue ganando tensión a través de las jácaras y de La suave melodía de Falconieri, hasta alcanzar un punto de máxima intensidad en los fandangos, verdadero clímax rítmico y expresivo del programa. A partir de ahí, el recorrido se replegó progresivamente: las folías introdujeron un clima más reflexivo, que desembocó en una chacona final que sirvió más bien de enlace a las seguidillas de salida, casi un eco prolongado de la exaltación previa. En ese trayecto, la percusión de Diassera tuvo una presencia notable, aunque nunca invasiva, mientras la guitarra barroca de Carles Blanch pareció siempre atenta al detalle para añadir matices tímbricos allá donde las texturas se adelgazaban.

Teniendo en cuenta esa concepción y la misma trayectoria del grupo y de su director, era previsible una lectura más abierta, con mayor peso del color instrumental y una clara afirmación de la individualidad vocal. Hasta tres piezas fueron interpretadas por voces solistas: Dos estrellas le siguen y Romerico florido fueron cantadas por Quiteria Muñoz, mientras que Ay que me muero de zelos fue confiada al tenor Ariel Hernández, soluciones que reforzaron el carácter expresivo del discurso, aunque diluyeran el concepto de polifonía como bloque sonoro compacto. La voz de la soprano valenciana, de una belleza inmediata y sensual, proyectó con extraordinaria naturalidad y claridad los textos. Su canto, flexible y luminoso, se impuso por la espontaneidad, en el caso de la pieza del portugués Machado, apoyada en un acompañamiento de gran riqueza ornamental, que ella aprovechó para dar variedad a sus giros y sus breves cadencias. Desde otro punto de vista, el tenor Ariel Hernández aportó potencia, brillo y un metal muy reconocible, de proyección franca y gesto afirmativo, una voz plena y vibrante, sin duda la de uno de los grandes del barroco español en estos momentos. David Sagastume y Javier Cuevas completaron el cuarteto con solidez. La presencia de Cuevas –que es también el bajo de Vandalia– se dejó sentir en el perfilado de las texturas por los graves y en una manera de decir sobria y eficaz, que permitió sostener tanto los momentos de mayor desnudez como los pasajes de mayor densidad instrumental.

En las piezas de conjunto –a veces con intervenciones solistas– no se enfatizó el empaste vocal. Más que fundirse en un bloque homogéneo, las voces se dispusieron como entidades diferenciadas, en coherencia con una concepción de la polifonía entendida como suma de individualidades. En Lucinda, tus cabellos, abordada con notable sobriedad por las cuatro voces y un acompañamiento reducido al órgano, esa opción resultó especialmente evidente, dejando al descubierto la singularidad tímbrica y la manera propia de articular el texto de cada intérprete, como si la trama polifónica se desplegara ante el oyente en capas, más atenta a la palabra y al gesto que a la mezcla sonora. Pero donde ese planteamiento adquirió pleno sentido barroco fue en Aquella hermosa aldeana, merced a un trabajo intenso de retórica musical, con perfiles cambiantes, emisiones diferenciadas y una tensión casi escénica que trasladó el foco desde la arquitectura polifónica hacia el gesto, la palabra y el afecto. Ahí, la lectura mostró su mayor coherencia y también su mayor riesgo, asumido con audacia, decisión y plena conciencia de buscar sobre todo el poder comunicativo de unas músicas con cuatro siglos de historia.

stats