Algo suena distinto en el cine español
Salir al cine
El domingo se entregan en Barcelona los 40º Premios Goya con cinco candidatas a mejor música original que confirman la vitalidad, la diversidad o el afán experimental de sus respectivos proyectos
De unos años a esta parte, el cine español empieza a dar cabida a nuevas sonoridades y estilos musicales en sus bandas sonoras. Ahí donde el sinfonismo profesionalizado de los Baños y Velázquez marcó el sendero de la década pasada, y siempre un peldaño por debajo del magisterio indiscutible de Alberto Iglesias, las recientes ediciones de los Goya han ido dando paso a nuevas voces y aproximaciones que trascienden la escritura orquestal como inercia y paleta todoterreno para abrazar la experimentación, la electrónica o las fusiones insólitas como lenguajes adaptados a la singularidad de cada proyecto y cada mirada (de autor).
La 40ª edición nos trae cinco finalistas muy distintas entre sí, dos de ellas compuestas por mujeres, que inciden en esta apertura sonora que busca nuevas relaciones y nuevos territorios de expresión conjunta lejos de clichés asociativos y de lenguajes convencionales.
Hay que celebrar así que la banda sonora de Sirât, a cargo del franco-alemán Kangding Ray, curtido en la escena electrónica de clubes, ganadora ya de premio en Cannes, esté concebida no ya como un mero traje a medida de la película de Oliver Laxe, sino como un verdadero y esencial correlato tan o más determinante que las imágenes y texturas visuales del filme, preparada antes incluso del rodaje para hacer de la música trance, el tecno tribal, el noise, los bits electrónicos o el ambient un cuerpo narrativo propio que articula el filme hacia su particular abrazo de la espiritualidad y la trascendencia en el desierto marroquí. Indisociable ya de sus imágenes, la música conceptual, abstracta y física de Ray para Sirât es en sí misma una vibrante película sonora.
También es importante destacar el trabajo que viene haciendo el jerezano Julio de la Rosa para el cine de Alberto Rodríguez desde 7 vírgenes. Curtido en la escena rock, De la Rosa fue uno de los pioneros en salirse del modelo orquestal hace década y media, apostando por el hazlo tú mismo y por el tratamiento de los sonidos instrumentales, a veces poco convencionales, a través del procesamiento y la electrónica. En su música para Los Tigres, que le ha supuesto su quinta nominación (ya tiene un Goya por La isla mínima), el compositor consigue una peculiar atmósfera sonora de disonancias y ruidismo (aunque hay melodías escondidas) que se mueve encima y debajo del agua entre los pasajes de género, la melancolía y una particular acústica extraída del tratamiento de instrumentos como el violín, el cello, el salterio, el armonio o el monocorde sometidos a originales maneras de tocarlos y a su batería de secuenciadores y moduladores que hacen pensar en que todo lo que suena es de origen electrónico cuando en realidad se trata de instrumentos acústicos.
Igualmente experimental es el trabajo de Aránzazu Calleja, ganadora del Goya en 2021 junto a Maite Arroitajauregi por Akelarre, para Maspalomas, de Goenaga y Arregi, con una banda sonora escueta aunque bien ubicada a lo largo del filme que trabaja en dos direcciones y lenguajes: por un lado, el del piano melódico y la guitarra eléctrica, por otro, el de las voces masculinas (barítono) sometidas a un original ejercicio rítmico de respiraciones, jadeos, sonidos guturales, pausas y juegos sincopados que buscan traducir rítmicamente e in crescendo, muy pegadas al montaje, ese deseo sexual reprimido de un homosexual maduro entre su libertad isleña y su reclusión forzosa en un asilo vasco.
En un lugar intermedio entre el clasicismo y la vanguardia se encuentra la música de Carla Benedicto para El talento, de Polo Menárguez, una música que parte de una sonata de Kodály y de una protagonista violonchelista para la deconstrucción de la pieza y la alteración del sonido natural del instrumento a través de un tratamiento radical en las técnicas extendidas de ejecución o la distorsión del sonido mediante secuenciadores modulares, dando lugar a un peculiar extrañamiento que acompaña el dilema moral de su personaje e introduce el film en el territorio del género, entre el terror y el thriller psicológico. Se trata de la primera nominación al Goya de Benedicto y también de la única de la película.
El madrileño Iván Palomares sabe ya lo que es ser el único nominado de las películas para las que trabaja. La de Leo y Lou, de Carlos Solano, es su tercera opción a Goya tras Entre las estrellas y Las niñas de cristal. A diferencia de las de sus compañeros de terna, su música para esta amable road movie intergeneracional ambientada en Galicia se pliega a lo melódico, a la tímbrica de unos instrumentos escogidos y a una respetuosa recreación del folclore gallego que evita el cliché para moverse en un luminoso y sutil territorio protagonizado por el silbido (una invitación al viaje), el pito pastoril, la flauta, la guitarra o el acordeón que ponen (y destacan) el color y la tonalidad justas a un filme honesto en su ingenuidad fabuladora y cristalino en su optimismo reconciliador.
Cinco bandas sonoras en definitiva que confirman una buena salud dentro del gremio, una diversidad entendida a la medida de cada proyecto y, no lo olvidemos, un autorreconocimiento de los propios músicos al trabajo de sus compañeros ya que la categoría sólo permite el voto de los compositores. Si me permiten una favorita, el trabajo sonoro y musical, conceptual y estructural de Sirât se destaca en ambiciones y resultados sobre los demás.
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