La ciudad sumergida

Crítica 'Stray Dogs'

Una imagen del filme del taiwanés Tsai Ming-Liang.
Una imagen del filme del taiwanés Tsai Ming-Liang.
Manuel J. Lombardo

11 de noviembre 2013 - 05:00

Stray Dogs. Drama, Taiwán-Francia, 2013, 95 min. Dirección: Tsai Ming-Liang. Intérpretes: Lee Kang-Sheng, Lu Yi-Ching, Lee Yi-Cheng, Lee Yi-Chieh, Chen Shiang-Chyi.

Diez años ha tardado el SEFF en sacar buen provecho de la triquiñuela técnica de la coproducción que da cabida en su sección oficial a películas de cinematografías no europeas. Y lo hace con uno de los grandes del cine contemporáneo, el taiwanés Tsai Ming-Liang, autor clave para entender la herencia de la modernidad en el nuevo cine asiático a través de una escritura personal que se hace fuerte, como nos recordaba Rivette a propósito de Mizoguchi, en ese lenguaje que no entiende de idiomas, nacionalidades y culturas y sí mucho del estilo y la forma como vehículos para la comunicación, la belleza y la emoción.

Los de Ming-Liang ya los conocíamos desde hace dos décadas (Vive l'amour, The river, The hole, Goodbye, Dragon Inn, El sabor de la sandía), por eso mismo saludamos este regreso a ciertas esencias perdidas a través de un nuevo y poderoso ejercicio de depuración y abstracción que, imagen digital mediante y sin apenas palabras, vuelve a transfigurar su Taipei lluvioso y desapacible en un insólito territorio fantasmagórico, doloroso y sombrío, a través de un portentoso catálogo de cuadros -espacios, arquitecturas, volúmenes, reflejos, trampantojos- que parecieran salidos de una pesadilla sobre la pérdida y el duelo protagonizada por un padre (Lee Kang-sheng) que se gana la vida como hombre-anuncio y sus dos hijos, que buscan comida en las degustaciones de los supermercados antes de volver cada noche al contenedor en el que viven.

Maestro del encuadre como gesto autosignificativo, del tiempo y la duración como densímetros narrativos para la mirada, Ming-Liang traza aquí una sucesión de hermosos escenarios de la ambigüedad habitados por figuras orgánicas y texturas extrañas, conjugando el lirismo y la desolación con esa actitud humorística y salvaje marca de la casa, como en esa larga secuencia en la que Kang-sheng devora una col pintada como una cabeza de mujer o en esa otra, ya casi cerrando el filme, en la que la pareja comparte plano sostenido hasta que brotan las lágrimas dejando abierta la posibilidad de un futuro.

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