La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Según nos informa la solapa, Hannah Arendt calificó esta obra de Bernanos, firmada en 1938, como "el panfleto más importante que jamás se ha escrito contra el fascismo". Y en efecto, el ensayo de Bernanos se mueve entre la reconvención y la soflama, entre la abominación y la nostalgia por un mundo ido. Sin embargo, la singularidad de Los grandes cementerios bajo la luna, de título tan hermoso como terrible, es que está escrito por un católico frances, por un hombre conservador, residente en Mallorca, cuyo hijo era oficial de la Falange. ¿Qué es, a qué vienen referidos estos vastos cementerios de Bernanos? En un primer momento, a la ejecución, apoyada por la Iglesia, de la población mallorquina que la tropa alzada consideró sospechosa. Es decir, a millares de hombres pacíficos e inermes.
Sin embargo, avanzada la lectura, vemos que estos grandes cementerios, su pálido fulgor argentino, se extienden a la campiña francesa y a la millonaria siembra de cadáveres que la Grand Guerre aventó por Europa. Bernanos, combatiente entonces contra el Kaiser, encuentra un cambio radical en los conflictos modernos: se ha demonizado, se ha inhumanizado al enemigo, convirtiéndolo en una ridícula versión del Maligno. He aquí lo que escribe en la página 181: "En 1914, un alemán, por ejemplo, era lógicamente indeseable mientras hollara, armado, el suelo de nuestro país. Prisionero, herido o enfermo, se incorporaba de inmediato a la parte estimable de la humanidad". Y más adelante, concluye: "Ni los más idiotas de la retaguardia osarían afirmar, por lo menos en público, que los ejércitos alemanes, austríacos o búlgaros eran los Ejércitos del Mal". Cuando, dos décadas más tarde, Bernanos contemple en Mallorca el exterminio del vencido, la injuria del indefenso, la brutalidad española e italiana (y esto en el bando que él, en principio, apoyó), comprenderá que el hombre, que el mundo, que su siglo, se dirige a la mayor y más feroz de las catástrofes. De ahí que este libro, encendido y colérico, no vaya sólo contra el general Franco o la Iglesia que bendijo a los matarifes. Va contra la modernidad, contra la conversión del hombre en máquina; contra el prestigio ominoso del dinero, contra las muchedumbres unánimes de Hitler y de Stalin, contra las luchas agónicas, izquierda contra derecha, que se producen en Francia. Así, Los grandes cementerios bajo la luna, no es la remoción de un hombre progresista contra los monstruosos abusos de su tiempo; sino la conciencia, la convicción de un escritor conservador y religioso, de que ese tiempo suyo es, en sí, el abuso y la degeneración de épocas más altas. Es, en definitiva, el discurso adánico, antimoderno, franciscano, que por aquellas fechas adoptaron su compatriota Léon Bloy o Gilbert Keith Chesterton. Si el sueño de Chesterton, al escribir su biografía sobre el poverello de Asís, era escribir un "libro de fuego", Bernanos lo ejecuta en esta obra oracular, incendiaria, virulenta, que reclama una santidad antigua, una fe absoluta y radical, frente al relativismo de la Iglesia y la torpe admiración de las derechas por el autorarismito de Hitler. Bernanos reclama aquí a Juana de Arco, la doncella de Orleans, su sencillez ardiente, de igual modo que recuerda a Teresita de Lisieux cuando pide una vuelta a la niñez para salvar al mundo. No en vano, el viejo maestro de Bernanos, su lectura juvenil, fue el gran Barbey d'Aurevilly, caballero legitimista, cuya obra de un monarquismo épico y rural atraviesa estas páginas, como antes lo había hecho en la Trilogía carlista de Valle-Inclán y sus Sonatas.
Ese mundo antañón, piadoso, heráldico y sencillo, es el que se transparece en Los grandes cementerios bajo la luna: un mundo donde la piedad, la religiosidad, el honor, la hombría sencilla, no estuvieran mancilladas por la cobardía y el odio. El ideal caballeresco de Bernanos, aquél en el que se respeta al adversario, había muerto ya con la profunda mecanización del mundo que trajo la guerra del 14. Por otra parte, aquella Francia suya, como emergida del santoral, probablemente no existió nunca. Aún así, el exterminio del enemigo, la úlcera nacionalista, el hombre promediado del estalinismo, y en suma, la inhumanidad surgida con el XX, hacen que Georges Bernanos, su tembloroso corazón en llamas, continúe aullando su verdad desde estas páginas coléricas, electrizantes y olvidadas.
Georges Bernanos. Lumen. Barcelona, 2009. 317 páginas. 21,90 euros.
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