Crónica de un derrumbe en Harlem
Richard Price regresa a la novela con 'Lázaro resucitado', una obra polifónica que explora la vida cotidiana al norte de Manhattan en el año 2008
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La ficha
Lázaro resucitado. Richard Price. Traducción de Óscar Palmer Yáñez. Random House. Barcelona, 2026. 432 páginas. 22,90 euros.
Dice Richard Price (Nueva York, 1949) que le da pena que The Wire haya eclipsado su trabajo como novelista. El escritor estadounidense ha sido uno de los invitados estrella del festival BCNegra y ha dado varias entrevistas interesantes. En ellas, admite que su verdadera pasión es la novela pero que tiene que escribir guiones (escribió el de El color del dinero, entre muchos otros) porque es lo que le da de comer. Su participación en The Wire le dio la fama que no alcanzó con sus novelas, a pesar de que admite que sólo escribió unos pocos capítulos de la que a la postre se ha considerado como una de las mejores series de la historia de la televisión.
Bendito problema, pensarán una legión de escritores sin fama ni renombre sobre las palabras de Price. Pero hay que entenderlo, claro, ahora el bueno de Price tiene que ver en la edición española de su nuevo libro, Lázaro resucitado (publicado por Random House), que él es el autor de The Wire, en un guiño publicitario que no es muy ajustado a la realidad. Price escribió los guiones de varios capítulos de la serie que retrató la vida policial y la corrupción política de Baltimore a principios del siglo XX, pero está más que acreditado que su creador es David Simon, ese tipo que se hizo famoso por aquella frase de "que se joda el espectador medio" cuando le preguntaban que quizás un espectador medio no podría seguir su serie porque la trama era un lío de personajes.
Con Simon, Price repitió como guionista en The Deuce, otro estupendo producto de la HBO que retrata la vida en las calles y antros de Nueva York en los años setenta. El siempre modesto Price dice que aquí no habría otra opción que llamarlo a él, porque era el único de los guionistas que había vivido aquella época y la conocía bien. Ahora, liberado por fin (al menos temporalmente) de la esclavitud de los guiones, el escritor neoyorquino acaba de publicar en España una más que interesante novela sobre el derrumbe de un edificio en Harlem.
Cuenta el autor que no es ninguna metáfora de la actualidad estadounidense y que se limita a retratar el derrumbe y cómo este hecho cambia la vida de varios de sus personajes, que para nada está escribiendo sobre Donald Trump ni la situación política de su país, que no deja de ser otro derrumbe, el de los derechos y libertades ciudadanas. A pesar de ello, en sus entrevistas por España deja algún titular comprometido: "Lo difícil no es ser escritor, es ser americano", dijo al redactor de El Periódico con el que habló.
Sea como fuere, Lázaro resucitado cuenta la historia, en efecto, del derrumbe de un edificio en Harlem en el año 2008. Antes de Trump y antes de Obama. Otra de las cosas que dice Price es que firmó el contrato para escribir esta novela hace 17 años y ha pasado tanto tiempo desde entonces que, si fuera un niño en vez de un libro, éste ya estaría a punto de empezar la Universidad. Asistimos a la resurrección de Anthony Carter, el Lázaro que se pasa 36 horas sepultado bajo los escombros del bloque derruido y es rescatado sano y salvo.
Pero la novela no está contada, en su mayor parte, desde el punto de vista del protagonista, sino de una serie de personajes principales y secundarios que le dan un tono de obra coral y polifónica al estilo de algunas de las grandes novelas de escritores estadounidenses como John Dos Passos (Manhatan Transfer) o E. L. Doctorow (La larga marcha). Tras una breve presentación del personaje principal, hay tres subtramas que vertebran el libro, cada una de ellas protagonizadas por un fotógrafo vecino de un edificio próximo al del derrumbe, que capta los primeros momentos de la tragedia; por una agente del Departamento de Policía de Nueva York, que participa en las labores de rescate y tiene la misión de encontrar a un desaparecido; y por el dueño de una funeraria en crisis, que ve en el suceso una manera de incrementar la facturación y no duda en recurrir a su hijo de 13 años para que vaya repartiendo tarjetas a diestro y siniestro en el lugar de los hechos.
A raíz de este punto de partida, iremos evolucionando con los personajes en su vida cotidiana. Al fotógrafo lo confunden con un pederasta cuando está haciendo un trabajo para el departamento de Parques y Jardines y alguien piensa que está grabando a los niños. La agente de la Policía trata de compaginar su trabajo con la atención a sus hijos tras un divorcio en el que tanto ella como su marido hacen un esfuerzo por intentar que todo vaya bien y afecte lo menos posible a la familia. El funerario se pelea con el dueño de una tienda de flores que tiene pensado montar un huerto urbano en un solar que sería muy útil como aparcamiento. Entre medias asistimos al crimen de un chico y por ahí aparece una asociación de delincuentes redimidos que monta un show en las calles del barrio.
Y así van apareciendo más personajes y se van entrelazando las historias, todo con el denominador común del derrumbe y cómo éste afecta a la comunidad. A pesar de que Price había destacado en sus obras anteriores por cultivar la novela negra, aquí se aleja bastante del género para componer sobre todo una sinfonía urbana, un retrato de la vida en Nueva York a principios del siglo XX. Es imposible no relacionar esta obra con las dos últimas de Colson Whitehead, El ritmo de Harlem y Manifiesto criminal, que aunque estén ambientadas en épocas distintas, exploran bien el universo del famosísimo barrio ubicado al norte de Manhattan, de la calle 110 para arriba.
A pesar de lo que diga de The Wire, a Price ya lo conocíamos por una obra mayúscula como es Clockers (Camellos), otra polifonía sobre la venta de droga en Nueva York. Y por un puñado de buenos libros como The Wanderers (que escribió sólo con 24 años), La vida fácil, El samaritano, Freedomland o Los impunes. De esta última, sobre un grupo de policías vengadores de casos no resueltos, han pasado ya diez años. Un tiempo más que suficiente para volver a leerle.
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