Una danza macabra

Una preciosa caja de música reúne las bandas sonoras de Danny Elfman para Tim Burton y numeroso material adicional

Burton y Elfman charlan sobre su trabajo en esta imagen perteneciente al DVD incluido en la caja.
Manuel J. Lombardo

10 de mayo 2011 - 05:00

The Danny Elfman & Tim Burton 25 Anniversary Music Box. Warner Music. 16 CD + 1 DVD + Libro (250 páginas).

Los coleccionistas de bandas sonoras están de enhorabuena, especialmente si disponen de los 500 dólares (360 euros aprox.) a los que ha salido al mercado (preferentemente digital), en una primera edición limitada de 1.000 copias, la caja de música (una auténtica music box en latón y con forma de zootropo) que celebra el 25 aniversario del primer trabajo conjunto de Danny Elfman y Tim Burton. Una caja que incluye la totalidad de sus colaboraciones, de La gran aventura de Pee-Wee (1985) a Alicia en el país de las maravillas (2010), en ediciones remasterizadas y ampliadas, junto a cuatro compactos más repletos de maquetas, material descartado, canciones, versiones alternativas o rarezas inéditas, un DVD con una larga entrevista entre director y compositor y un libro ilustrado de 250 páginas con varios textos sobre esta colaboración creativa, una de las más prolongadas y singulares del cine contemporáneo y de toda la historia del cine, en la estela de las de Eisenstein y Serguei Prokofiev, Hitchcock y Bernard Herrmann o Fellini y Nino Rota.

Son precisamente algunos de estos compositores los que, de manera más o menos explícita, y en un sincretismo eminentemente posmoderno, han inspirado el particular y distintivo sonido orquestal creado por Elfman para el universo visual y temático de Burton, un territorio que se mueve entre lo grotesco, lo circense y lo macabro con un toque de exceso autoconsciente que aglutina referencias al cine de género (particularmente el fantástico, pero también el cine de terror o la animación artesanal) y una personalísima y deformante visión del mundo (a imagen y semejanza del propio Burton) reelaborada en una iconografía de raigambre pesadillesca que también ha encontrado desarrollo creativo en el dibujo, el diseño o la escritura, como pudo comprobarse en la exposición dedicada hace dos años al director de Eduardo Manostijeras en el MOMA de Nueva York.

Agitando una peculiar y desprejuiciada coctelera musical en la que caben los ritmos, aires y marchas circenses de Rota, la turbulenta, original e intensa escritura orquestal de Herrmann, Prokofiev, Saint-Saëns, Stravinsky o Shostakovich, los homenajes al sinfonismo clásico y a la serie B del viejo Hollywood, el gusto por los coros infantiles y femeninos o las instrumentaciones insólitas, el autodidacta Elfman (Los Ángeles, 1953), formado en los años ochenta en la banda de pop-rock Oingo-Boingo y ayudado siempre en la orquestación por su fiel colaborador Steve Bartek, ha fraguado para Burton un sonido de marca que resulta ya consustancial a su universo estético, un sonido capaz de transitar por el lado más oscuro y sombrío (Batman, Sleepy Hollow) con un guiño de complicidad burlesca, de parodiar géneros como la ciencia-ficción (Marte ataca!) o reinventar sus texturas musicales en una nueva tentativa (El planeta de los simios), de celebrar el lado más luminoso, colorista y festivo de una infancia eterna (Pee-Wee, Bitelchús, Charlie y la fábrica de chocolate), a cruzar los umbrales suburbiales de la fantasía (Eduardo Manostijeras), de crear un nuevo modelo de ópera macabra para la animación stop-motion (Pesadilla antes de Navidad, La novia cadáver) a coquetear con el prestigioso minimalismo norteamericano (Alice) o intensificar la melancolía (Big Fish).

De todo ello y de mucho más dan buena cuenta las más de 30 horas de música contenidas en esta caja-fetiche reservada para el mejor lugar de la estantería, un auténtico objeto de lujo para incondicionales destinado a prolongar el culto a una de las parejas creativas más singulares e influyentes del cine de hoy.

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