Crepúsculo
Diario de posguerra en Madrid, 1945-46 | Crítica
La última entrega del diario de posguerra de Rafael Cansinos Assens, correspondiente a los años 1945-1946, concluye el memorable recuento de su itinerario autobiográfico
La ficha
Diario de posguerra en Madrid, 1945-1946. Rafael Cansinos Assens. Edición de Rafael M. Cansinos Galán. Arca Ediciones. Madrid, 2025. 562 páginas. 25,70 euros
Como bien dice su hijo, editor y albacea, Rafael Manuel Cansinos Galán, la publicación de los diarios de posguerra de Cansinos Assens ha permitido comprender el proceso por el que el material en bruto de las anotaciones personales dio origen a su obra maestra, La novela de un literato, una de las memorias más valiosas del siglo pasado, nacida de la reelaboración de los diarios de anteguerra una vez que el escritor abandonó, tras concluir el tramo ahora conocido, la costumbre de registrar el paso de los días. Dejando aparte la infancia y la primera juventud, las mencionadas memorias abarcan las vivencias de Cansinos entre los inicios del Novecientos y el comienzo de la Guerra Civil, o sea la llamada Edad de Plata de la literatura española que en sus páginas aparece recreada desde la insólita perspectiva de la clase de tropa. Los diarios conservados, en cambio, documentan el tramo inmediatamente posterior, es decir la década comprendida entre el estallido de la contienda y la muerte de su novia Josefina Mejías, de la que tenemos noticia gracias a ellos. Y esto es así porque las alusiones a su vida personal, ausentes o muy escasas en las memorias, ocupan sin embargo el lugar central de los diarios, menos espectaculares y pintorescos pero igualmente atractivos, en tanto que aportan un testimonio excepcional, directo, sin filtros, de aquel Madrid arrasado donde la vida seguía pese a todo.
Tras los dedicados a los años 1943 y 1944, este tercero de la serie hasta ahora conocida ahonda en el impagable fresco de la España nacional-católica que trata de perpetuarse tras la derrota del Eje, olvidando las pasadas simpatías fascistas pero sin dejar de acoger a los fugitivos. Aunque Cansinos no vivía tan retirado como pensábamos antes de leer los diarios, la consabida y no siempre justificada imagen del exilio interior parece hecha para describir su caso. Marginado de la vida pública, el escritor se desempeña como traductor y continúa su labor de secreto cronista, consagrado ahora a contar no tanto los entresijos del mundo literario –apenas alusiones sueltas a Cela o Ruano, una nota irónica sobre el postismo, fugaces apariciones de autores menores– como las modestas vicisitudes de su vida doméstica, la convivencia con su hermana Pilar, la rutina de los paseos y las tertulias donde reencontramos a personajes ya habituales y nada rutilantes de una sociedad venida a menos, descrita por el diarista con su reconocida capacidad para los apuntes del natural y los retratos de caracteres. El frío, los sabañones, las infusiones dudosas, la nieve sucia… En todo se refleja la mediocridad y la pobretería de una ciudad que parece varada en el tiempo. Sin duda por efecto de la autocensura, no hay una impugnación política expresa, pero Cansinos no deja de consignar la retórica triunfalista y vacua de los noticieros y el “dolor de esta España imperial”. Contrasta el mundo fabuloso de las Mil y una noches, que por entonces anda traduciendo, con la desolación de la realidad de posguerra.
Cansinos se ve como un hombre del mundo de ayer, una sombra entre sombras
Con su finísimo humor, amargo pero compasivo, consciente de que su época ha pasado para siempre, Cansinos se ve como un hombre del mundo de ayer, una sombra entre sombras. Su natural melancolía se ha vuelto crónica. Los cines, los cafés, el Retiro, las verbenas, son refugios desde los que enfrentar el presente inmisericorde. Y las ensoñaciones eróticas, las aventuras insinuadas, en espera de la novia ausente o junto a ella, un modo de sentirse todavía vivo, de burlar las injurias de la edad y la mojigatería de un régimen obsesionado con los pecados de la carne. Tras la muerte aquí narrada de Josefina, su compañera desde mediados de los años veinte, que pasaba buena parte del año en Madrid pero volvía en el invierno a su pueblo de Badajoz, Don Benito, Cansinos cayó en una profunda depresión de la que no se recuperaría del todo nunca: “…y he aquí que ahora el viento de la muerte viene y se la lleva a ella y desparrama todos mis escritos y los deja en medio de la calle… Ya nada de eso me importa…”. Son casi las últimas líneas del diario, pero no las de un escritor al que le quedaban dieciocho años de vida y que se aplicaría en la década siguiente, la de los cincuenta, a redactar sus incomparables memorias.
Diario en verso
La publicación del último tomo de los diarios –el último en sentido cronológico, ya que siguen pendientes los de la Guerra Civil y los correspondientes al periodo de 1939-1942– se acompaña de una novedad que en realidad no es novedad, pues se trata del relanzamiento de La rueda del destino, el libro de poemas entonces inéditos que publicó Árdora en 1999, con un nuevo prólogo donde su editor Carlos Eugenio López recontextualiza el conjunto y lo data más precisamente entre 1936 y 1964. La lectura de los diarios y el conocimiento de otros inéditos, entre ellos varios legajos de “prosas líricas” con las que estos poemas guardan notorias similitudes, ha permitido reevaluar su significación como parte del mismo impulso autobiográfico. Muy distintos de los poemas del tiempo del ultraísmo, cuando Cansinos ejercía de vanguardista, los que aparecen en la antología conforman una especie de diario en verso, tratan del entorno cotidiano y comparten el aire desencantado y declinante de sus diarios en prosa, con los que presentan no pocas correspondencias. Después de la muerte de Josefina, explica el editor, Cansinos recurrirá al verso para dejar constancia de su intimidad, en una poesía de índole confesional –ese es su principal valor– de la que sólo conocemos de momento la muestra rescatada. En uno de los poemas, el titulado Viejo, leemos: “Nada podrá absolverte de ese crimen / de haber sobrevivido”.
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