Arte

Un enigma llamado Grünewald

  • Este Martes Santo contamos la historia de uno de los Crucificados más extraños, crudos y admirados por otros artistas, realizado por un artista alemán a principios del siglo XVI con una terrible epidemia, precisamente, aún fresca en la memoria

Fragmento del Crucificado del retablo de Isenheim.

Fragmento del Crucificado del retablo de Isenheim. / D. S.

Pese a sus diferencias con los crucificados andaluces (salvo quizá el Cristo del Amor de El Puerto de Santa María), recordar en estas fechas al Crucificado del Retablo de Isenheim tiene sentido, tanto por la huella que dejó en artistas y pensadores, que lo vieron como inquietante metáfora de Europa, como por su estrecha relación con una enfermedad, el ergotismo, llamada también fuego de San Antonio. Algunos especialistas conectan además esta dura imagen con una epidemia, la Peste Negra: su memoria aún persistía a principios del siglo XVI, cuando un pintor, conocido como Matthias Grünewald, pintó el retablo.

Creo que lo más duro del Cristo de Isenheim es su desplome, su figura caída, desmoronada. La altura del Crucificado es casi igual a la distancia que hay entre sus manos. Tal proporción minimiza el cuerpo que además, suspendido de los tensos brazos, parece abandonado a la gravedad. La curvatura del travesaño de la cruz acentúa este hundimiento. El rostro roto, los labios amoratados, los pies partidos y la enorme corona de espinas añaden otros rasgos a la derrota del Crucificado que, sin embargo, crispa sus manos hacia arriba en un gesto, no sé si queja u ofrenda.

Estos rasgos ya indican que la obra sacrifica decididamente la construcción a la expresión, opción que reitera la escala de las figuras. Las tres de la izquierda, María, casi desvanecida, Juan, el apóstol, que la sostiene, y Magdalena, arrodillada, forman un coro dramático pero empequeñecido junto a la gran figura en la cruz. Menos descompensado es el Bautista, a la derecha, aunque el pintor deforma su imagen con el enorme dedo con que señala a Cristo.

Imagen completa del Crucificado del retablo de Isenheim. Imagen completa del Crucificado del retablo de Isenheim.

Imagen completa del Crucificado del retablo de Isenheim. / D. S.

Hay algo más: las reiteradas laceraciones del cuerpo de Jesús. Aludí antes al Cristo del Amor, en El Puerto de Santa María. Esta dura escultura del siglo XVIII rompe la carne y en algunas partes deja a la vista el hueso. No ocurre así en el Crucificado de Isenheim: en él destacan sobre todo las llagas.

Puede que el autor, al subrayar el dolor, la destrucción del Crucificado, quiera insistir en el contraste con su triunfo. El Resucitado, en efecto, en otras puertas del mismo retablo, reviste rasgos astrales: con las facciones deshechas en luz, ocupa el centro de un gran círculo amarillo resplandeciente rodeado de una corona circular cercana al arco iris. El pintor, señalan algunos especialistas, se interesaba en la tradición mística alemana y también en la alquimia: ¿pueden estas inquietudes explicar la oposición entre la muerte, como derrota sin paliativo alguno y la resurrección vista en clave cósmica?

Poco se sabe del pintor. Es seguro que no se llamaba Grünewald sino Gothardt, Neithartdt o Nithart, de nombre, sí, Matthias, nacido en Wurzburgo, en fecha incierta (1475-1480, que algunos adelantan hasta 1458). Era un pintor reconocido y también se le tenía como ingeniero hidráulico. Aún lo veremos en otros oficios. Tan confusas referencias aconsejan interpretar el cuadro en clave institucional, según la intención de quienes lo encargaron.

Otro Cristo de Grünewald para el mismo retablo, esta vez con rasgos astrales, ya triunfante sobre la Muerte. Otro Cristo de Grünewald para el mismo retablo, esta vez con rasgos astrales, ya triunfante sobre la Muerte.

Otro Cristo de Grünewald para el mismo retablo, esta vez con rasgos astrales, ya triunfante sobre la Muerte. / D. S.

Ahí encontramos a los frailes antoninos que mantenían un monasterio y a la vez hospital, en Isenheim (cerca de la ciudad francesa de Colmar, donde hoy se encuentra el retablo). La congregación se ocupaba sobre todo de cuidar a los enfermos de ergotismo. No era una epidemia sino un envenenamiento debido a la alimentación. La enfermedad la producía, en efecto, un alcaloide generado por un hongo parásito de los cereales, sobre todo del centeno. El cuerpo de los infectados se hinchaba y llagaba, hasta producir gangrena y exigir amputaciones. Los enfermos sufrían además alucinaciones porque un componente de tal alcaloide era el ácido lisérgico (precursor del LSD).

Los antoninos tenían sus métodos. Cambiaban ante todo la alimentación, no rehuían la cirujía, si era necesaria, y aplicaban ungüentos de escasa eficacia. Creían esencial para la curación la devota contemplación de imágenes sagradas. Aquí puede estar la raíz de las imágenes de Grünewald-Gothardt-Neihartdt: suscitar la identificación con Cristo sufriente, la esperanza en el Resucitado y la protección de San Antonio Abad, vencedor de amenazantes demonios.

La enfermedad desapareció y con ella los antoninos. Quedó el retablo. Lo descubren los jóvenes pintores del grupo El Puente. Otto Dix construye, hacia 1930, una réplica como alegato contra la guerra), Picasso en 1932 lo trabaja en diversos dibujos, Elías Canetti lo comenta y lo incorpora a sus escritos y Hindemith escribe la opera, después sinfonía, Matías el pintor, homenaje a la coherencia religiosa del autor del retablo. Grünewald-Gothardt-Neihartdt pudo en efecto vivir con desahogo en la corte del obispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, católico, pero prefirió marchar a Halle, mantenerse cercano a la Reforma aunque durante sus últimos años, sin apenas encargos, dado el rechazo luterano a la pintura, tuviera que ganarse la vida como fabricante de jabones.

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