Juan Marqués. Poeta "La realidad me interesa poco, sólo como ese lugar donde sucede la vida"

  • El autor publica 'Diez mil cien', el libro con el que ganó el Premio Hermanos Machado de Poesía y en el que combina la experiencia personal y la ficción en busca de "algo que nos ataña a todos"

Juan Marqués, en el Espacio Santa Clara de Sevilla, donde recogió el premio. Juan Marqués, en el Espacio Santa Clara de Sevilla, donde recogió el premio.

Juan Marqués, en el Espacio Santa Clara de Sevilla, donde recogió el premio. / Antonio Pizarro

"Conforme voy dejando de ser joven / más seguro me afirmo en lo que soy: / materia que camina mientras puede", escribe Juan Marqués (Zaragoza, 1980) en Diez mil cien, el libro que le ha valido el X Premio de Poesía Hermanos Machado. Una propuesta en la que el autor aragonés plasma la vida desde una luz sin artificios, con la discreción de quien toma la experiencia propia, sin egolatrías, sólo como premisa para retratar un tiempo. En su visita a Andalucía para recoger este galardón convocado por el Ayuntamiento de Sevilla y la Fundación José Manuel Lara, que publica la obra, el escritor expresó su rechazo a la solemnidad, un "lastre en la historia de la poesía", y su interés  en contar el mundo sin caer en subrayados innecesarios. 

–En Croquetas de tiburón, uno de los poemas, se le dice a unos "amigos del futuro": "Sabed que por aquí nos arreglamos". El libro va sobre la vida, sin aspavientos, sin dramatismo.

–Sí, a mí el patetismo me parece patético [sonríe]. Por supuesto, hay libros que son descarnados, que cuentan testimonios concretos de un mundo en el que crecen el dolor, la enfermedad, la injusticia, de gente que ha padecido todo eso y que no va a escribir un libro alegre. Esas personas también cuentan la vida, pero lo que me ha tocado a mí, afortunadamente, deja constancia de otras cosas.

–Hay en el libro una tensión entre realidad y ficción muy interesante. Usted definió el poemario como un diario en verso, y luego matizó esa descripción al temer que la gente podía leer sus versos de manera literal. En un pasaje se dice: "Los poetas fingimos, es posible, / pero fingimos siempre la verdad".

–Esos versos son una clave, sí. De una forma pedestre, prosaica, estoy dando instrucciones para leer el libro. Evidentemente lo que tengo más cerca soy yo, son mis hijos, mi barrio, mis viajes, mis amigos, y hablo de eso y llamo a todo por su nombre, pero confío en que se note que, por una parte, distorsiono la realidad y por otra la realidad me importa poco: sólo me interesa como un lugar donde sucede la vida. Nada más. Mi poesía hace la operación de ficcionalizar un poco mi rutina para, espero, intentar acceder a una verdad colectiva, algo que nos ataña a todos, que sea valioso para alguien.

"Si la poesía es ridícula a veces se debe a ese momento en que se exaltó, se sacralizó y se puso solemne"

–Ha contado que quería alcanzar cierta trascendencia con Diez mil cien, pero que le preocupaba caer en la solemnidad, y para evitar eso maneja ciertos recursos. Por ejemplo, asoma por los versos algún exabrupto, algún desahogo como esa afirmación de "El cielo de Burdeos es la polla".

–Esos desahogos, que son muy pocos, y el humor son materiales que uso para huir como del demonio de la solemnidad, que para mí lastra buena parte de la historia de la poesía. A mí como lector me expulsa. Si la poesía es ridícula, que a menudo lo es, se debe a eso, a ese momento en que se encendió, se exaltó, se sacralizó de una forma irreparable. Como todo, ahí también se dan excepciones: hay poetas solemnes que son sublimes, que entiendo que no tengan otro tono. Pero, en la actualidad, esos autores que se ponen místicos, que creen que arañan una verdad con mayúsculas... por lo general me resultan antipáticos. Una persona que se da demasiada importancia a sí misma me genera desconfianza. Eso no quiere decir que a mí no me importe lo que escribo: le dedico tiempo, pero me gusta quitarle hierro. Doy por válido este libro porque me salió así de manera natural, no tuve que quitarle solemnidad. Era un año complicado, distinto, la vida que había conocido se acababa, me hicieron un encargo que me tuvo ocupado y me llevó a viajar, y en cierto modo vivía un renacimiento pero estaba aturdido, y traduje todo eso en un tono en el que no había escrito nunca. 

–Usted habla del humor, otro de los rasgos de este poemario, como "una forma de curiosidad".

–Aquí debo decir que si el humor es el objetivo del libro no me interesa; si es el material para llegar a otros sitios sí. Nos dijeron que con el Quijote Cervantes quería hacer reír, y eso, siendo innegable, es una afrenta a un libro como ése. No conozco ninguna obra más graciosa, que te provoque tantas carcajadas, sí, pero es mucho más que eso, la gran meditación sobre qué significa ser libres, qué significa vivir, qué estamos haciendo aquí. Como el humor de Cervantes es genial aporta mucho a la causa, pero la meta no es la comicidad sin más.      

Juan Marqués. Juan Marqués.

Juan Marqués. / Antonio Pizarro

–El retrato suyo que aparece en el libro está tomado en la exposición Retorno a Max Aub, que usted comisarió y de la que habla también en un poema. La elección de esa foto no es casual...

–Me gusta esa imagen porque aparte de que yo salgo poco, algo que me parece muy bien, en la pared hay cuadros de Jusep Torres Campalans, que es un pintor que se inventó Max Aub. Escribió su biografía, que en realidad era una novela, y la acompañó de obras y dibujos que él también creó y que llegaron a exponerse, y puso tal empeño en todo que incluso la gente que sabía que era una mascarada, que era todo fake, llegó a dudarlo. Que eso esté en la pared en la foto, que al comienzo del libro esté esa imagen es un guiño, un aviso. Es como si dijera: Voy a hablar de mí, de alguien que como yo tiene dos hijos que se llaman Bruno y Vera, pero, ojo, igual hay trampa, hay gato encerrado.    

"Hoy parece que todo el mundo conspira para llevarnos a una vida que impide la lectura, el sosiego, la paz interior"

–Gracias a su trabajo con Cegal, la confederación española de libreros, está muy atento a todo lo que se mueve y se organiza en la cultura. Y, lamenta, "da la sensación de que todo lo que se convoca, todo lo que se produce... son pretextos para no leer". 

–Eso opinó Bernardo Atxaga en el congreso de librerías que se celebró en Málaga justo antes del confinamiento. Decía que igual que a los policías les dan una prima por peligrosidad a los libreros hay que darles otro plus. Todo el mundo está conspirando activamente para llevarnos a una vida que impide la lectura, el sosiego, la paz interior. Como si necesitáramos entretenernos con un sinfín de actividades y evitáramos el refugio que son los libros. No me gustan esas frases, pero va a ser verdad eso de que la literatura es un espacio de resistencia, una rebeldía...

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