Hábil reescritura del 'biopic' convencional

Hamnet | Crítica

Jessie Buckley, en 'Hamnet'.

La ficha

*** 'Hamnet'. Drama, Reino Unido, 2025, 125 min. Dirección: Chloé Zhao. Guion: Maggie O'Farrell, Chloé Zhao, basado en la novela de la primera. Música: Max Richter. Fotografía: Lukasz Zal. Intérpretes: Jessie Buckley, Paul Mescal, Emily Watson, Jacobi Jupe, Joe Alwyn, Noah Jupe.

Maggie O’Farrell está tocada por el doble don, no tan frecuente, en España hemos vivido recientemente una enésima polémica sobre literatura popular y de calidad, del reconocimiento crítico y el éxito de ventas. Su novela de ficción histórico-literaria Hamnet obtuvo, tras su publicación en 2020, buenas críticas y mejores ventas. Casi inmediatamente fue traducido y editado en varios países (en España en 2021 por Libros del Asteroide). En 2023 fue adaptada al teatro y puesta en escena por la Royal Shakespeare Company. Y ahora ha sido llevada al cine con la buena estrella que parece iluminar cuanto tenga que ver con esta escritora: críticas no unánimes, pero sí mayoritariamente positivas, éxito de taquilla, seis nominaciones y dos premios en los Globos de Oro, y ocho nominaciones al Oscar. Es lógico su éxito porque, además de tener valores objetivos, está cuidadosamente diseñada para alcanzarlo entre el público con ciertas inquietudes formales y temáticas, pero sin que les exijan demasiado esfuerzo, y en las galas de premios.

Aborda dos temas, a través de los personajes muy libremente tratados, de William Shakespeare, Agnes Hathaway, su mujer, y el hijo de ambos Hamnet, muerto a los 11 años, de interés humano y literario. El primero es el de la pérdida, el duelo y su impacto sobre una pareja ya sometida a otras tensiones personales y familiares. El segundo es la influencia de esa pérdida sobre la creación literaria, convirtiéndose algo tan desgarrador como la muerte de un hijo (aunque en el siglo XVI la altísima mortalidad infantil hiciera que se viviera con mayor naturalidad) en un motor de la creación que, a su vez, se convierte en un exorcismo del dolor al transfigurarse en arte.

Maggie O´Farrell se acoge en su novela, y por supuesto la película en su guión escrito a cuatro manos por ella y la directora, a una antigua corriente nunca confirmada que vinculaba la muerte de Hamnet con la creación de Hamlet y el giro más trágico en su obra. A la ficción biográfica convencional siempre le ha gustado explicar la creación de una obra a partir de una anécdota. Y al público siempre le ha encantado. Esto no ha cambiado. Que se explique o ilustre la creación de Hamlet a partir de una tragedia personal, convirtiendo la ene del hijo en la ele del príncipe de Dinamarca y el dolor en arte, une esta película con aquellos planteamientos convencionales. Lo que ha cambiado es el tratamiento, más crudamente dramático y menos idealizado.

Todo confluye en una síntesis hábil entre lo académico, lo convencional y lo innovador muy al gusto de estos tiempos

La aclamada y multipremiada directora chino-estadounidense Chloé Zhao (dejemos aparte su traspiés en Eternals) es la apropiada para dar un nuevo enfoque, más intenso, a esta tendencia bio-anecdótica. Sus personajes en busca de sí mismos y de su destino tras recibir un duro golpe, a través del viaje como metáfora, en The Rider y Nomadland guardan relación con este encontrarse, perderse y reencontrarse de William y Agnes durante dos décadas, con la tragedia de la pérdida del hijo como eje. A la vez que por separado -y las separaciones son importantes en esta película- cada uno busca su propio destino. Que el común como pareja y el individual sean compatibles tiene gran peso en esta obra cuya protagonista es la que ha sido siempre -y lógicamente- una figura secundaria en las biografías de Shakespeare. Lo que no significa que el dramaturgo sea un personaje secundario, pero sí un coprotagonista con menos peso que ella. Como tampoco la intensa, emotiva unas veces y feroz otras, interpretación de Jessie Buckley oscurece, aunque brille más, la de Paul Mescal (sin olvidar ese descubrimiento que es el pequeño Jacobi Jupe).

Zhao fuerza con habilidad las posibilidades de la sensorialidad de la imagen, dota de carnalidad al amor, de humedad de lágrimas al dolor, de olor panteísta la tierra, el campo, la hierba. Esto la aleja de las representaciones convencionales o, por mejor decir, le hace superarlas sin abandonar ese gancho, tan eficaz, de explicar, inventándoselo por supuesto, por qué Hamlet tiene la desgarradora fuerza que tiene, uniendo en una potente escena la vida y el teatro, lo vivido y lo representado. Esencial para este logro es la dirección fotográfica del maestro polaco Lukasz Zal (Ida, Cold War, Loving Vincent) en una lograda (aunque muy retórica) combinación con la música del compositor minimalista Max Richter, tan sugestivo creador de atmósferas emocionales en la sala de concierto como en la pantalla.

Todo confluye en una síntesis hábil entre lo académico, lo convencional y lo innovador muy al gusto de estos tiempos. Cálculo y talento se dan la mano en esta película hecha para gustar sin generar mala conciencia comercial, ser premiada y hacer buena taquilla.

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