Más historias (del cine)

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Divisa añade a su catálogo 'Los cuentos de Hoffmann', un título de Powell y Pressburger injustamente menospreciado

Alfonso Crespo

21 de marzo 2010 - 05:00

Los cuentos de Hoffmann. Directores Michael Powell y Emeric Pressburger. Con Moira Shearer, Léonide Massine, Pamela Brown, Ludmilla Tchérina. Divisa.

Los italoamericanos que ahora más que nunca se encierran en sus ensoñaciones de estudio -Tetro (en la que además se le rinde explícito homenaje), ShutterIsland- siempre amaron este filme de los arqueros Powell y Pressburguer. Los cuentos de Hoffmann, versión fílmica de la ópera inacabada de Offenbach, representa a la perfección lo que estos cineastas buscaron tanto a la hora de crear como a la de reflexionar sobre una historia del cine llena de injustos olvidos y simplificada según el dominante punto de vista teleológico que la ve como concatenación de esfuerzos hacia una única y verdadera manera de narrar. Y es que el filme de Powell y Pressburger ofreció la oportunidad, a principios de la década de los cincuenta, de comprender esta historia universal de otra forma, en tanto modelos representativos diversos que sobreviven adaptándose a las circunstancias, en tanto maneras enfrentadas en la gestión de lo narrativo y espectacular. Así, la admiración que nace ante los planos y transiciones, los recursos visuales, el ritmo del montaje de imágenes y sonidos y el lujurioso detallismo de LoscuentosdeHoffmann se debe a que la película recoge del pasado y proyecta en el futuro: imposible no ver en su despliegue formal el exceso dramatúrgico y escenográfico del cine mudo en general y del cine de Méliès en particular, cuyo trazo de imágenes policéntricas, fondos pintados, apariciones, desapariciones y otros troceamientos (inolvidable el de la autómata Olympia) se sigue y homenajea con similar inversión de imaginación artesanal; imposible no ver cómo, en esta actualización de un modelo más espectacular que narrativo, adelanta esas propuestas -con Corazonada de Coppola como efecto más directo de esa influencia arriba mencionada- que en la modernidad tardía decidirían regresar a una especie de útero materno cinéfilo tras el desasosegante y traumático paseo por los filos de lo real -y se puede citar a Coppola y a Scorsese, pero también a Syberberg, que en su Hitler, ein Film aus Deutschland encerraba el primigenio y mítico estudio (el Black Maria de Edison) en una anacrónica y nevada bola de cristal-. Es una historia del cine por escribir, la de los que encontraron más calor entre fantasmagorías que en la realidad.

LoscuentosdeHoffmann, genial y desprejuiciado pastiche gótico en el que el cine también comparece como coleccionista de regalos (de música y danza), lleva inscrito en su argumento el mismo conflicto que su bello entramado formal inspira: pues aquí se trata del relato de tres amores (y un cuarto que nace en el prólogo y se esfuma en el epílogo) infructuosos, los que han llevado las ojeras y la desesperación a Hoffmann, que los relata a un bullicioso y entregado grupo de estudiantes amantes del vino. Son las tres historias, como tantos otros cuentos que imaginara, descripciones de deslizamientos entre lo real y el sueño, de pasiones que excitan el corazón de un joven hipersensible al que confunden las apariencias. Excitación del corazón, decimos, pero también del ojo, el órgano que en Hoffmann y Powell se somete a los estímulos de la engañosa realidad. Material para otra historia del cine, también por escribir, esa que, a partir de la lectura que Jonathan Crary hizo de Foucault, tiene al cine como un invento menos relacionado con la cámara oscura que con los avances, pifias y posibilidades recreativas de la medicina ocular.

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