La desolación o el amor

KONSTANTIN KRIMMEL & AMMIEL BUSHAKEVITZ | CRÍTICA

Krimmel y Bushakevitz en el largo viaje invernal de Schubert.
Krimmel y Bushakevitz en el largo viaje invernal de Schubert. / Federico Mantecón

La ficha

***** Programa: 'Winterreise' op. 89 D. 911, de Franz Schubert. Barítono: Konstantin Krimmel. Piano: Ammiel Bushakevitz. Lugar: Espacio Turina. Fecha: Sábado, 21 de febrero. Aforo: 150 personas.

¿Cómo escribir después de apagarse la memoria de las últimas notas de "Der Leiermann"? Nada se puede decir, tras ello sólo el silencio. Y la apretura del corazón. Y la conmoción de la memoria. Y dolor compartido en la intimidad del recuerdo con Müller y Schubert. ¿Qué pudo llevar a un joven de treinta años a despeñarse por estos riscos del dolor? ¿A encontrar la música más desnuda y acuciante que se pueda imaginar, como los versos más tristes de aquella noche de Pablo Neruda? ¿A escribir los pentagramas más amenazantes para cualquier oyente, no digamos ya intérprete? ¿Cómo salir indemne de la experiencia? Y no importa que lo hayamos escuchado veces y veces, en grabaciones o en directo, porque cada experiencia es diferente, es un invierno distinto, un viaje, un camino, una corneja, unos perros, un arroyo, una veleta, una posada, una tormenta, unos soles diversos. Y unas voces nuevas, en el canto y en el piano.

Difícil describir lo que experimentamos los afortunados que optamos por asistir al Espacio Turina. Krimmel se enfunda en el protagonista de este viaje hacia la desolación sin aspavientos, sin dramatismos. Desde la intimidad de una conversación va desplegando su amplio catálogo de medias voces y de reguladores, sin forzar nunca la emisión, sin abusar de las dinámicas por encima del forte. El viajante que busca consuelo a su desamor allí por donde pasa, en el paisaje, los arroyos, los animales y las personas no grita de desesperación, sólo quiere hablarlo y compartirlo con ese invisible acompañante que somos todos los que lo escuchamos. Por eso Krimmel nos lo dice al oido con esa voz cálida y ese fraseo delicado, palabra a palabra, suspiro a suspiro, dolor a dolor. Los colores de la voz se ponen al servicio de ese desnudarse mediante la música. Y con cadencia tranquila, dejando que los silencios tomen parte también del diálogo, permitiendo que las notas del piano se extingan antes de ser sustituidas por otras. La rabia de "Erstarrung" no se desborda y la evocación de la tormenta en "Der stürmische Morgen" es sólo un correlato del tumulto anímico interior. Hasta llegar a lo más desnudo y lo más despojado en la contemplación del viejo tocador de zanfoña en medio de la nieve.

A dos voces, dijimos más arriba, porque Bushakevitz fue tan protagonista como lo fue Krimmel. Difícil encontrar un toque más sutil, un recurso igual al color mediante el pedal, una sutilidad similar en la pulsación, unos matices dinámicos tan ricos. De sus manos salían los ladridos de los perros en lontananza, el discurrir de los arroyos, la trompa del postillón, el negro graznar de la corneja, el gélido viento del rechazo amoroso. Esos acordes disonantes con los que se abre la útima canción nunca nos tocaron tanto el corazón.

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