De líneas, tramas y umbrales

Patricio Cabrera muestra en la Casa de la Provincia una serie de paisajes con los que no busca describir ni evocar la emoción que éstos le provocaron, sino más bien propiciar un fulgor poético

De líneas, tramas y umbrales
De líneas, tramas y umbrales
Juan Bosco Díaz-Urmeneta

14 de marzo 2016 - 05:00

Moholy Nagy, maestro decisivo en la Bauhaus e investigador de la fotografía y la luz, decía deber sus pinturas abstractas a Van Gogh. Ante unos dibujos del holandés, paisajes hechos sólo con líneas, pensó que éstas por sí solas podían construir y expresar. En esos dibujos, Van Gogh, curvando o quebrando líneas, llena el papel de ritmos y acercándolas o alejándolas, crea potentes efectos de luz, con lo que el paisaje, con medios tan estrictos, logra intensidad poética.

Esos paisajes vienen a la memoria ante unas obras de Patricio Cabrera (Gines, Sevilla, 1958), relativamente tempranas. La primera, Cuatro visiones del mar (1993) es un cuadro esforzado, confiado casi exclusivamente a la línea. En la segunda, de igual título y fechada en 1994, las líneas se deshacen en luz, como también ocurre en Cuatro paisajes, de ese mismo año. Alguien puede preguntar por qué representar así el mar. Cabrera no busca describir ni narrar ni aun evocar la emoción que el paisaje pudo despertar en él. Busca sólo producir un valor poético. Producir, dice Sloterdijk, "es profetizar cosas con las manos". Esa es la osadía del pintor: construir con los medios a su alcance -el gesto, la línea, el color- la memoria y metáfora del mar, esperando que la comparta el espectador.

El de esos cuadros es un mar imposible: sin basura ni parafernalia turística, y con extraños remolinos y desniveles, pero justamente porque deforma las imágenes despierta la fantasía y al multiplicarlas, la empuja a viajar (diría Bachelard): las cuatro ¿facetas, estrofas, movimientos? de cada lienzo son otros tantos puntos de partida de imprevisibles itinerarios de la fantasía.

Pero en los cuadros hay algo más: las líneas forman una trama y ésta adquiere cada vez más protagonismo. Así, en dos piezas, sin título, de esos mismos años: los minúsculos paisajes del centro apenas se ven a través de tramas que son las que realmente forman los cuadros. En el segundo, además, sobre densas líneas quebradas hay una curva, cerrada y laberíntica, pintada en irónico relieve. La línea aquí es decisiva: forma el cuadro, evita la división tradicional entre fondo y figura, y establece un tiempo para la mirada. Señalan así el espacio y el tiempo de la pintura. Las tramas construyen con brillantez una superficie valiéndose de la línea y el color, de acuerdo a la definición del francés Denis, pero le añaden algo: el ritmo, esto es, el tiempo que incorpora la pintura y que invita, a la mirada lenta y serena que se demora en la obra sin caer en el afán apresurado de fijar un significado. Así ocurre también en La forma del árbol (2001), donde la línea cede su papel al arabesco, y de modo más terminante en Paesaggio esotico romano (2011): la trama, en papel recortado y pintado (casi una piel), se coloca sobre el panel, ribeteada en rojo, como signo e ironía de la profundidad.

La puerta abierta I y II (2006) trazan una importante novedad. Los paisajes del fondo, aunque tal vez partan de imágenes ya hechas, son muy elaborados y adquieren notable prestancia. La trama, la planta en primer plano que parece abrazar el cuadro, se ha simplificado, pero sus atrevidos colores llenan la obra de sensualidad.

Este rasgo, más personal, sirve de guía para la obra más reciente. La cadencia del dibujo de los sucesivos anaqueles sugieren otro tiempo, quizá el de la memoria, y un espacio más retraído, un espacio habitado que han ido destilando día a día los gestos y movimientos del cuerpo. De ahí la fuerza de los interiores (La casa vacía, Salón con torre, casita y cabeza de jaguar): marcan otro tiempo -también lento- a la mirada, aunque los llenen los proyectos del pintor. Esos proyectos relacionan los interiores con los cuadros que reúnen en mosaico fragmentos de un paseo. La casa es así el lugar reservado de un impenitente viajero. Es la prolongación de un cuerpo que mira, siente, reflexiona y busca las cosas no para apropiárselas sino para establecer con ellas relaciones de las que sólo la pintura puede dar cuenta. De ahí, la poética de la puerta, umbral entre la casa y el viaje, entre la mirada y la reflexión, entre las cosas que reservan su secreto y la pintura que, relacionándose con ellas, logra formar un mundo.

Esta potencia del umbral quizá se manifiesta con peculiar vigor en dos cuadros donde el gozo del color es inseparable del vigor poético: Brújula y Al final del prado diminuto (ambos de 2015). Si el primero aúna viaje y lugar, el segundo, con las casas incluidas unas en otras, subraya la importancia del habitar, pero a la vez, la volatilidad de las cabañas apunta a la necesidad de ir afuera. Al fin y a la postre, sólo llegamos a ser conscientes de nosotros mismos cuando reconocemos al otro que está ante nuestros ojos.

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