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Cine de autor europeo en letras de neón

Salir al cine

Buena parte de los títulos y autores europeos avalados por los Premios EFA, los festivales, la crítica o las nominaciones a los Oscar comparten un mismo y poderoso distribuidor norteamericano

Una imagen de 'Valor sentimental', del noruego Joachim Trier, gran vencedora en los Premios EFA.

El pasado sábado se entregaban en Berlín los 38ºPremios de la Academia del Cine Europeo, astuto invento de un grupo de cineastas y productores (mayoritariamente alemanes) allá por 1988 para dar cuerpo institucional (EFA) con amparo y fondos de Bruselas a un cine continental diverso y sobrado de grandes autores y prestigio cultural aunque nunca lo suficientemente cohesionado y organizado profesional e industrialmente como para formar una unidad de sentido capaz de hacer frente al eterno competidor norteamericano.

La cinta noruega Valor sentimental, de Joachim Trier, se alzaba con seis de los principales premios, entre ellos los de mejor película, director, guion (Trier y Eskil Vogt), actor y actriz protagonista (Stellan Skarsgård y Renate Reinsve) y banda sonora (la polaca Haina Rani). Junto a ella, la otra gran ganadora fue la cinta española Sîrat, de Oliver Laxe, una co-producción con Francia avalada por El Deseo, que obtuvo buena parte de los premios técnicos: mejor fotografía (Mauro Herce), mejor diseño de producción, mejor montaje (Cristóbal Fernández), mejor diseño de sonido y mejor casting.

No parece casual que en esa misma ceremonia se premiara también por toda su trayectoria a la actriz y directora noruega Liv UIlmann, cuya larga carrera ha trascendido incluso su condición de gran musa y pareja del director sueco Ingmar Bergman. La EFA parecía tener preparada para su noche de gala la confirmación de Trier (al otro, el danés Lars Von Trier, lo cancelaron ya antes incluso de su retirada por motivos de salud) como heredero contemporáneo del maestro sueco (él mismo ya lo hacía en su película de forma explícita), como ya antes lo hicieran con el italiano Paolo Sorrentino (La gran belleza) como relevo natural de Fellini, con el griego Yorgos Lanthimos (La favorita) como hijo bastardo de Kubrick, o con el polaco Pawel Pawlikowski (Cold War) como heredero de los formalismos del Este, algunos de los más recientes autores europeos premiados capaces de trascender el mero circuito continental.

Una imagen de 'Sîrat', de Oliver Laxe.

Porque se trata precisamente de eso, de trascender fronteras nacionales, hacer Unión Europea y exportar al mundo una nueva concepción de la autoría como principal seña de identidad del valor artístico de un cine europeo para adultos. La paradoja de toda esta operación de prestigio reside empero en que están siendo precisamente compañías de distribución norteamericanas las que dirigen y marcan las tendencias de este nuevo cine europeo con capacidad para ganar festivales, conseguir nominaciones al Oscar y, en menor medida, concitar a los públicos que aún acuden a los circuitos de versión original antes de recalar en las plataformas.

Porque la noruega Valor sentimental, la española Sîrat o la iraní bajo bandera francesa Un simple accidente, de Jafar Panahi, son cintas compradas y distribuidas internacionalmente por NEON, la misma empresa que, con unas campañas promocionales sin precedentes, ha apostado este año por la brasileña Agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, reciente ganadora del Globo de Oro al mejor filme de habla no inglesa, o por la surcoreana No other choice, de Park Chan-Wook, como lo hicieron en años anteriores por títulos como Anora, de Sean Baker, gran ganadora en los Oscar de 2025, Parásitos, de Bong Joon-ho, primera película no-norteamericana en ganar la estatuilla al mejor filme, las francesas Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma, Titane, de Julia Ducournau, y Anatomía de una caída, de Justine Triet, o la sueca El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund.

Podríamos decir así que asistimos a un fenómeno rebote que primero lanza y proyecta las películas y autores europeos desde Cannes o Venecia (así se hizo siempre), luego recoge el relevo de una masiva y efectiva promoción internacional a través de las estrategias de comunicación digital de su compradora y distribuidora norteamericana (NEON en este caso, pero también otras como MUBI), y posteriormente desembarca en los Oscar para estirar y completar el ciclo de una carrera de éxito (casi) garantizado.

La cuestión es que en esta sanción de lo europeo hecha al dictado del interés financiero de las compañías norteamericanas también han terminado participando los medios de comunicación nacionales y la crítica especializada, lo cual suele dar como resultado una repetición de los mismos títulos y los mismos autores en las listas de lo mejor del año o en los premios. Cabe preguntarse entonces si la diversidad y la singularidad de la tradición del cine de autor europeo no está ya en manos del algoritmo y su influencia a la medida de los intereses corporativos de un puñado de grandes empresas con sede en Hollywood, que definen el tipo de cine que puede circular sin peajes, tal vez el que menor resistencia ofrece a los resquicios que aún deja el mercado o el que mejor se acomoda a los cada vez menos exigentes gustos del público de mediana edad.

Por último, no está de más recordar que Béla Tarr, Manoel de Oliveira, Pedro Costa, Aki Kaurismäki, Philippe Garrel, Terence Davies o Víctor Erice nunca han ganado un premio EFA.

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