Ventanas y azoteas | Crítica

Norberto Gil, construcciones

  • El artista sevillano sigue explorando en sus nuevos trabajos, que muestra en la galería Birimbao, las inagotables posibilidades pictóricas de la geometría y el color

Algunas de las obras que forman parte de la exposición.

De Van Eyck a Picasso y Matisse, desde La Virgen del canciller Rolin a las vistas en Saint-Raphaël o Collioure, la ventana ha sido recurrente en la pintura. Comparado el cuadro a un hueco abierto en el muro, sólo un leve desplazamiento lleva al pintor a duplicar ese vano, incluyendo un cuadro (la ventana) en el otro. Dos obras parecen, sin embargo, escapar a esta tentación. Una es la serie de Robert Delaunay, Las ventanas. El pintor las pinta –digamos– desde fuera, y convierte los reflejos que la luz produce en los cristales en una incesante aventura de color. La otra, en sentido contrario (al menos en apariencia), es la Puerta-ventana en Collioure: en ella Matisse cierra el vano rectangular con un recio plano negro. La propuesta de Matisse sugiere que la pintura es ante todo pintura y no un medio para servir imágenes a los ojos. Delaunay, por su parte, convierte la ventana en ojo que revierte la luz, como esas miradas hermosas pero reservadas, herméticas.

'Ventana turquesa' de Norberto Gil 'Ventana turquesa' de Norberto Gil

'Ventana turquesa' de Norberto Gil

Norberto Gil (Sevilla, 1975) aborda, pues, con sus Ventanas un tema difícil, por lo frecuentado (tanto visual como conceptualmente) y a la vez, un registro menos habitual, más mediterráneo, la azotea. La exploró Manuel Vázquez Montalbán, con humor y nostalgia, en El pianista, lo llevó al lienzo Antonio López y con impronta muy personal, Carmen Laffón.

Gil es ante todo un pintor centrado en la indagación de qué puede hacerse, en el rectángulo llamado cuadro, valiéndose sólo de la geometría y el color. De ahí que sus obras sean básicamente constructivas aunque logren tirar de la mirada, estimular la memoria e impulsar el pensamiento.

Así ocurre en Ventana de Matisse. Sobre un plano naranja que se degrada a medida que desciende, un gran rectángulo blanco cuya luminosidad aumenta al acabar en un –llamémosle– alféizar, amarillo brillante. Algunos trazos verdes, abajo, parecen ecos de los barcos pintados por Matisse en su Ventana abierta, aunque el cuadro de Gil, al menos a mi juicio, pretende dialogar con la Puerta-ventana en Colliure, sólo que el plano negro, invitación a pensar qué es eso del espacio pictórico, se transforma en blanco luminoso, otra imagen, al fin, de la pintura, también inquietante aunque menos radical en la medida en que gratifica a la mirada.

Una obra de Norberto Gil. Una obra de Norberto Gil.

Una obra de Norberto Gil. / D. S.

Otro interés tienen Ventana con reflejos y Ventana turquesa. El primero, de mayor formato, parece de entrada un rectángulo vertical azul, limitado a la derecha por otro mucho más estrecho granate, separado del primero por una fina línea negra. La mirada atenta desmiente la primera impresión al descubrir, en el primer rectángulo, un laborioso enrejado, azul algo más oscuro, que lo cruza. La firmeza de una construcción tan sutil se asegura con otro enrejado, más sencillo, blanco y en primer plano, con un breve trampantojo que añade un matiz ascendente al cuadro.

Ventana turquesa es una obra de formato menos ambicioso pero tampoco fácil. Aquí, rectángulos grises arriba y a la derecha se degradan hasta llegar al campo turquesa al que limitan. Hay también un juego de reflejos y unas líneas en superficie, en este caso, oblicuas. Son dos obras muy trabajadas. Quizá quisiera yo descubrir en ellas ecos de Delaunay. No los hay. Las Fenêtres del pintor francés desarrollan en facetas cubistas el recuerdo del impacto de la luz en los cristales y Gil ofrece unas estudiadas construcciones con huellas de la colour-fields painting, pintura de campos de color.

Otra pieza del artista sevillano. Otra pieza del artista sevillano.

Otra pieza del artista sevillano. / D. S.

Las azoteas van en una dirección diferente. El autor califica estos cuadros de puzles. No le falta razón: son cuadros que recogen en profundidad supuestos barandales y cornisas que forman desde arriba el perfil de nuestras ciudades. En todas ellas destaca sobre todo el ritmo: los estilizados elementos de esta arquitectura urbana componen una danza brillante pero ordenada, a la que la diversidad de colores presta peculiar vitalidad. Destacan sobre todo los titulados Azotea-puzzle I, II y III. El primero alterna hábilmente formas planas y escorzadas que se antojan una versión irónica de un alzado arquitectónico. En el segundo, mucho más libre, pretiles y antepechos, reducidos al plano superior, forman una constelación de formas que se alejan en ordenada perspectiva. El tercero, más elaborado, alterna planos verticales con otros oblicuos en una pieza que por su rigor tal vez sea resumen y encuentro de ventanas y azoteas.

No quiero dejar atrás un cuadro lleno de humor, Azotea-puzzle (perspectiva amarilla). Entre planos azul-gris y violeta que se alteran sin cesar (superficies verticales se hacen planas pero conectan con otras horizontales), aparece un plano amarillo, pequeño pero brillante, gracias al contraste, trazado en la más ortodoxa perspectiva.

La muestra continúa la ejecutoria constructivista de Norberto Gil a la que no obstante añade quizá un acercamiento a la pintura de campos de color y un sentido más acentuado del ritmo.

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