La religión infalible

Cartas cruzadas (1858-1887)

Acantilado publica la correspondencia habida entre Zola y Cézanne a lo largo de tres décadas, en edición de Henri Miterrand, quien deshace verosímilmente un antiguo equívoco, según el cual la amistad entre ambos artistas había acabado en 1886

Retrato del artista con fondo rosa. Paul Cézanne. 1875
Retrato del artista con fondo rosa. Paul Cézanne. 1875
Manuel Gregorio González

18 de enero 2026 - 06:00

La ficha

Cartas cruzadas (1858-1887). Émile Zola, Paul Cézanne. Prefacio, edición y notas de Henri Miterrand. Trad. Caridad Martínez y Nùria Petit. Acantilado. Barcelona, 2025. 528 págs. 26 euros

En el prólogo a su Correspondencia, publicada en 1978, Rewald, el historiador del arte alemán, señalaba que había reunido las cartas de Cezánne con la intención de desautorizar cierto pintoresquismo anecdótico que se había reunido en torno a la figura del pintor. En esta edición actual se da una misma voluntad de clarificación, pero aplicada ya a las consideraciones de Rewald. Según Miterrand, Rewald había supuesto una ruptura entre Zola y Cézanne basándose en dos conjeturas no muy sólidas, cuya mayor evidencia era la falta de correspondencia entre ambos a partir 1886. He aquí, digamos, la justificación científica de la presente edición, ceñida a las cartas entre pintor y escritor. La justificación literaria es acaso de mayor relevancia: gracias a la recuperación y análisis de dicha correspondencia, el lector tiene ante sí una privilegiada vía de acceso al París pre y pos impresionista y a la formulación plástica y literaria del arte fin de siècle.

En estas cartas el lector tiene un conocimiento directo del fenómeno de la bohemia

Este no es, sin embargo, su único foco de interés. Mediante la lectura de estas cartas -cartas, en su mayoría, de tono práctico y amistoso-, el lector tiene un conocimiento directo del fenómeno de la bohemia, en el que el artista se erigiría, en no pocas ocasiones, en el mártir de aquella “religión infalible y completa”, la religión del arte, que ambos jóvenes ambicionaron en 1866. A pesar de que Cezánne era hijo de un banquero, sus estrecheces económicas serán socorridas, con frecuencia, por los ingresos económicos, fruto del periodismo y la literatura, de su amigo Zola, cuyos orígenes familiares eran mucho más modestos. Recuérdese, a este respecto, que Zola fue el autor de una serie de artículos, el más famoso de los cuales se titularía “Yo acuso”, donde se defendía la inocencia del oficial Alfred Dreyfus, acusado falsamente de espionaje, y cuyo trasfondo era un fuerte sentimiento antisemita. Zola fue juzgado y condenado por difamación, lo cual propició su exilio londinense. Pero no solo; cabe sospechar que la muerte de Zola se debiera a un asesinato, disfrazado de accidente doméstico, mediante la obstrucción del tiro de su chimenea. Pocos años después, Proust trataría largamente el caso Dreyfus en su En busca del tiempo perdido. Lo cual nos trae de vuelta a las iniciativas estéticas de Cézanne y Zola, y a la técnica, llamémosle impresionista, con la que Proust compone su obra.

Como se observa en su correspondencia, la fama literaria de Zola serviría, en numerosas ocasiones, para socorrer la falta de ingresos de Paul Cézanne. En el curso de sus especulaciones, tanto el pintor como el escritor abogaron por una representación de lo real que fuera fruto, no de la mera reproducción, más o menos servil, vigente desde la hora neoclásica, sino de la impresión y el estímulo del artista. No es, sin embargo, una visión estática la que se desprende de estas cartas, sino la evolución intelectual de ambos autores, que del tardorromanticismo y el realismo pictórico y literario, llegarían a otras soluciones que están ya en Baudelaire, en Monet, en Huysmanns, en Pissarro o en el propio Zola, cuya labor como crítico de arte favorable a los impresionistas -labor consignada ya por Rewald en su Historia del impresionismo- queda suficientemente explícita en estas páginas.

Es, pues, dicho paso -de la consideración externa del mundo a su exploración interna por el sujeto-, el que Proust llevaría a un extremo memorístico, traicionando el magisterio de Ruskin, y el que antes han formulado Zola y Cézanne en sus divagaciones amistosas. Proust compondrá un ambicioso retablo, que tiene mucho de centelleo impresionista, mediante la rigorización de los recuerdos involuntarios. Un hecho técnico que ni Zola ni Cézanne parecen considerar, pero cuyo carácter subjetivo es común a todos ellos. Por otra parte, es esa misma atención a la mirada del artista la que conduce a ambos amigos a la composición formal como fuente primaria de emotividad: “Fíjate en Rembradt -escribe Zola en 1860, cuando tiene exactamente 20 años-; con un rayo de luz, todos sus personajes, hasta los más feos, resultan poéticos”. Una composición, un estudio, una austeridad, más evidente en Cézanne, pero cuya presencia se halla manifiesta en los escritos críticos de Zola, cuando alabe, por ejemplo, a Pissarro, en contra del gusto -todavía realista- del gran público.

En todo caso, y más allá de las consideraciones que podrían extraerse de su epistolario, lo más relevante de estas cartas es la amistad sincera, conmovedora, leal, que se establece entre ambos hombres: un hombre de temperamento melancólico y retraído como Cézanne, y un amigo cortés, generoso, indesmayable, como parece que lo fue Èmile Zola. Es verdaderamente emocionante acompañarlos en sus adversidades y sus dudas en pos de un viejo sueño adolescente.

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