El rey se muere y la cultura permanece

Artes escénicas

La compañía sevillana Atalaya, Premio Nacional de Teatro, triunfa en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla con la obra ‘El rey se muere’, del dramaturgo franco-rumano Eugène Ionesco

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Un instante de la función de 'El rey se muere'
Un instante de la función de 'El rey se muere' / Félix Vázquez

Ya hemos superado la mitad del siglo XX -estamos en 1962- y son décadas en las que no nos sobreviven ni los idealismos ni las creencias ni las convicciones. Es evidente: hemos agotado la esperanza, la fe y las ideas después de padecer dos guerras mundiales; después de comprobar cómo el sueño del paraíso –tal como advirtió Kundera en sus novelas- es el principio del infierno. De la atrocidad. De la barbarie. En ese tramo de la historia ya lo hemos sabido: la salvación que atribuimos a las ideologías y a las religiones es el camino que muchos toman para perpetuarse en el poder, para justificar el crimen, para fabricar sistemas que limitan nuestras libertades y suprimen nuestros derechos. Todo esto ha sido el resultado de la cultura romántica, de las liturgias idealistas, de los discursos sentimentales, de los credos de los nacionalismos: millones de muertos. Sería este un resumen de una cronología reciente: del entusiasmo del XIX a los cementerios del XX.

En este contexto, en el que hemos abandonado toda certeza, en el que toda idea ha revelado su sombra, tras los siglos de ingenuas luces, sólo nos queda la parodia. Sólo nos queda el humor, claro. Sólo nos queda el nihilismo. Sólo nos queda una actitud vital que viene de Nietzsche –quien oxida los engranajes de un tiempo-, de las vanguardias históricas, del existencialismo, del surrealismo, del dadaísmo. De esas respuestas del arte a un mundo que ya no se reconoce en su memoria, a un mundo cuyo lenguaje ha evolucionado. En ese desconcierto, o en ese desencanto, o en ese desengaño, surgen autores como Jean Genet o Samuel Beckett, dramaturgos que, inspirados por la mirada del absurdo de Camus, cultivan un teatro que tiende a la caricaturización de los ídolos y de los discursos graves, y que entiende que el disparate y el sinsentido son las fórmulas más adecuadas para representar esa época sin anclajes culturales, sin ese convencimiento, ya caduco, de los ideales decimonónicos.

Con esta coyuntura, el escritor franco-rumano Eugène Ionesco -de la estirpe de los autores menciondos- produjo una obra en la que destacan propuestas como ‘La cantante calva’ o ‘El rey se muere’. Esta última acaba de ser adaptada por la compañía sevillana Atalaya –Premio Nacional de Teatro- en la nave de la fundición de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla. Ionesco nos habla, a través de un rey cuya corte le informa de que morirá en hora y media, de un mundo que desaparece; de un tiempo histórico que anuncia su fin. Por supuesto también nos habla de lo significa esa ruptura, esa fractura en el tiempo, y retrata, desde la parodia, a un linaje decadente que se resiste a aceptar esa decadencia. Ya se sabe: las viejas monarquías, los viejos estamentos sociales, las viejas costumbres, las viejas culturas. Ese panorama. Por momentos, la obra nos recuerda ese verso de Verlaine: "Je suis l'empire à la fin de la décadence". Lo que interpretamos de los diálogos, de las sutiles reflexiones, del rol de los personajes, apunta a ese imperio al final de una decadencia.

Este rey de Ionesco es símbolo de un poder que ha perdido toda influencia, de una clase hegemónica que ni siquiera se ha percatado de ese poder ya desfasado y que, cuando se percata, niega, o recurre a la nostalgia, al tiempo de los bailes elegantes en los grandes salones dorados. El rey de Ionesco, por supuesto, obvia la situación en la que se encuentra. El rey de Ionesco, antes que asimilar esa desaparición de un "mundo de ayer" -citando al manido Zweig-, opta por restar importancia a la enfermedad irremediable, y a la realidad de esa muerte que le espera. Esa sombra que poco a poco ocupa el escenario. Esa metáfora clave en este argumento. Nos recuerda esta historia, hay ecos, a la historia del rey Víctor Manuel III de Italia ante el auge del fascismo de Mussolini. Un sistema que sustentó la historia de Europa durante siglos y que de repente, en unas décadas, observa cómo se destruyen los pilares de sus palacios.

Este 'El rey se muere', de Atalaya, cuenta con la dirección de Sario Téllez y Ricardo Iniesta, y llenó la sala de la Fábrica de Artillería con un público que respondió, al terminar la función, con el aplauso prolongado. Las ideas desaparecen o cambian, todo poder escribe un último capítulo, la historia por supuesto es mutable. Y entre tanto nos queda la cultura, parece decir esta obra. La respuesta de la cultura. Que siempre se mantiene viva. Que siempre, entre todos, reyes o súbditos, gente de aquí y de allá, permanece.

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