Un país arrasado

Sombras chinescas | Crítica

Acantilado publica el segundo de los libros de la gran trilogía en la que Simon Leys denunció la ceguera de los "turiferarios" del maoísmo frente a los horrores de la Revolución Cultural

Simon Leys (Bruselas, 1935-Canberra, 2014), seudónimo de Pierre Ryckmans.

La ficha

Sombras chinescas. Simon Leys. Trad. José Ramón Monreal. Acantilado. Barcelona, 2020. 340 páginas. 22 euros

La reconocida calidad de la obra ensayística de Simon Leys, un prosista de fino humor y erudición exquisita, se ha visto engrandecida con el paso del tiempo por la lucidez con la que abordó, mientras decenas de intelectuales cedían en Occidente a la seducción del maoísmo, el verdadero rostro de la tiranía en el inmenso país asiático. El gran sinólogo belga había descubierto la cultura china en su primera juventud, durante un viaje a mediados de los cincuenta, y ya a finales de esa década estudió la lengua, el arte y la literatura en Taiwan y Hong Kong. Al contrario que muchos de los indocumentados que asumían la propaganda revolucionaria sin cuestionar las fuentes oficiales ni saber nada de la sociedad milenaria sobre la que se había proyectado el cruel y desastroso experimento de ingeniería perpetrado por las autoridades comunistas, Leys conocía de primera mano no sólo la cultura, sino los crímenes y los incontables desafueros cometidos por los sicarios del Gran Timonel, una figura odiosa a la que buena parte de la prensa europea –y muy en particular la parisina, dominada por los mandarines amigos del despotismo– elogiaba como un gran benefactor de la humanidad.

En Leys, afirma Revel, se mezclan la clarividencia y el saber con la indignación y la sátira

Fruto del malestar que le provocaba la lectura ignorante o interesada del trágico periodo de la Revolución Cultural, una catástrofe sobre la que los corresponsales no informaban, salvo para difundir la falsa retahíla de logros dictada por el poder que estaba aniquilando a millones de conciudadanos supuestamente aburguesados, la trilogía de Leys sobre la China sometida a una implacable burocracia, dividida en facciones con directrices cambiantes pero igualmente destructivas, se inició con Los trajes nuevos del presidente Mao (1971), al que siguieron Sombras chinescas (1974) e Imágenes rotas (1976). Publicada por Acantilado en una nueva traducción de José Ramón Monreal, esta segunda entrega se acompaña del prólogo que Jean-François Revel antepuso a la segunda edición del libro, aparecida poco después de sus ensayos La tentación totalitaria y La nueva censura. En Leys, afirma con razón Revel, se mezclan la clarividencia y el saber con la indignación y la sátira, siendo esto último, la demoledora ironía con la que desenmascara las falsedades del relato épico y la desidia de los "escribas a sueldo", el principal motivo por el que su afilada prosa resulta a la vez certera y regocijante.

Las humillaciones públicas formaban parte del siniestro ritual del periodo.

La imagen exterior de la China Popular, dice Leys, forjada por los visitantes o los residentes extranjeros, no es más que "un teatro de sombras escenificado para ellos por las autoridades maoístas". Basado en su experiencia como agregado en la embajada belga de Pekín, unida a su conocimiento de primera mano sobre la realidad del país sometido, el libro comienza con un capítulo, espléndido, sobre el modo en que viven y escriben esos extranjeros confinados por el gobierno, sistemáticamente apartados de la "China viva y sufriente" con la que no se les permite –ellos tampoco parecen desearlo, entregados a una "adulación servil" que debe de repugnar a los propios anfitriones– trabar contacto en ningún momento. Toda la simpatía de Leys se vuelca hacia el pueblo cuyo patrimonio cultural, como la misma ciudad de Pekín, ha sido literalmente arrasado, pues el furor de los gobernantes se dirige también hacia el pasado cuyos vestigios estorban el glorioso esplendor del presente revolucionario. El vano espejismo queda de manifiesto a través de los dirigentes desconcertados por la imprevisible deriva de las purgas, los "filósofos de servicio", los burócratas, los protagonistas de la menguada vida cultural y universitaria, los ideólogos que diseñan –en la neolengua que distingue a los estados totalitarios– consignas cada vez más huecas e intrincadas. No sin melancolía, a propósito de una de las raras novedades en las librerías desiertas, un Vademécum del criador de cerdos, Leys concluye: "En la China Popular, no todo el mundo tiene la suerte de ser porquero".

Los jóvenes 'Guardias rojos' fueron usados como vanguardia proletaria.
El talento del cronista ha superado la inmediatez para erigirse en ejemplo perdurable

Como era previsible, los libros de Leys sobre la Revolución Cultural fueron recibidos con hostilidad y escándalo entre los integrantes de la izquierda exquisita, que sentía debilidad por la imaginería de los guardias rojos e interpretaba su irrupción como un fenómeno espontáneo de regeneración purificadora. Es poco probable que quienes los leyeran, sin embargo, no sintieran algo parecido a un escalofrío ante una crónica tan precisa y detallada del alcance de la impostura, en la que los comparsas occidentales aparecen como lo que eran, marionetas en manos de un supervillano sin escrúpulos. El talento narrativo de Leys, su maravillosa ligereza a la hora de tratar cuestiones tan graves, ha superado la inmediatez de los hechos para erigirse en ejemplo perdurable, también en lo formal, del modo en que un observador sin prejuicios debe abstraerse de las ideas dominantes para evitar sumarse al coro de los sumisos.

La estirpe de Orwell

Originalmente publicado para celebrar la llegada del año, 1984, en el que se sitúa la famosa distopía de inspiración soviética, el ensayo que Leys dedicó a uno de sus escritores más admirados, George Orwell o el horror a la política (Acuarela & Antonio Machado), es una pequeña obra maestra que reconoce el valor, la honestidad y la insuperable alergia del escritor inglés hacia las construcciones ideológicas que pretenden abatir con sus dogmas a los espíritus libres, incapaces de delegar el criterio en una casta de sacerdotes. Mientras otros sabían pero callaban, Orwell vio y contó lo que había visto, además de reflejar en fábulas memorables los siniestros contornos que adopta, independientemente de la máscara, la recurrente pesadilla totalitaria. No es difícil apreciar en el homenaje una suerte de autorretrato indirecto y de hecho Leys tomaría de Orwell la imagen, inspirada por el famoso cuento de Andersen, con la que tituló su primer libro de denuncia. Leys leyó y rindió culto –porque fue un gran lector, un lector agradecido que citaba generosamente a sus autores predilectos, recopiló todo un libro con ideas ajenas y dedicó páginas muy estimulantes a glosar sus devociones, relacionadas con lo que llamaba saberes inútiles– a otros escritores que como Camus o Milosz ejercieron de disidentes, a menudo motejados de traidores por los vasallos cuya cobardía se disfrazaba de disciplina. Pero quizá fue Orwell el mayor referente de su trayectoria, igualmente satanizada entre los que se decían fieles a la pureza revolucionaria. Quienes en el caso de China se permitían cuestionar la tarea de las vanguardias proletarias, integradas por jóvenes incontaminados –en realidad, peones del viejo dictador en la sombra– a los que se les lavaba el cerebro para que cometieran toda suerte de atrocidades, eran reaccionarios, enemigos del pueblo o agentes del imperialismo. Avergüenza recordar los cargos que se dirigieron a hombres tan íntegros y comprometidos. Como Orwell, Leys fue también ese niño, protegido por una mirada limpia, que se atreve a decir la verdad secuestrada por los cortesanos.

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