Sorolla regresa a los jardines del Alcázar donde sintió el hechizo

Una exposición repasa hasta el 1 de marzo el deslumbramiento que vivió el pintor de la luz en el monumento sevillano l La mayoría de las obras, 15 en total, vuelven al lugar en el que fueron creadas.

Sorolla regresa en diciembre al Real Alcázar, una de sus grandes fuentes de inspiración

Una exposición en el Alcázar de Sevilla muestra la atracción del monumento sobre Sorolla / José Ángel García

“Salgo enseguida para Palacio, pues quiero pintar en los jardines otro cuadro. Esto te gustaría pues no pisas tierra nunca, todos están embaldosados y con azulejos intercalados; sus fuentes de azulejos, todo cercado de mirto, le dan una nota poética muy simpática”, le escribía Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 - Cercedilla, 1923) a su esposa Clotilde en una carta fechada el 4 de febrero de 1908. El encargo de retratar a la reina Victoria Eugenia de Battenberg devolvía al artista a Sevilla, una ciudad que ya había visitado en 1902, pero entonces con cierto desencanto: sintió en ese primer contacto, y lo registró en la correspondencia con su mujer, que la capital andaluza no respondía a las expectativas, que esa leyenda de musa que arrebataba los corazones no calaba en su ánimo. Pero cuando regresa para pintar primero a Victoria Eugenia –en 1908– y después a Alfonso XIII –en 1910–, el hombre ya ha sentido ese hechizo del que hablaban otros viajeros. Es el Real Alcázar, con la majestuosidad de su vegetación y el encanto de su arquitectura, el elemento que ha trastornado su sensibilidad. En los tiempos de espera, mientras no tiene ante sí a los monarcas para avanzar en sus retratos, Sorolla se escapa a los jardines para continuar ahondando en lo que ha hecho siempre: recrear la belleza de las cosas con su pincelada maestra y libre.

La exposición Sorolla en el Real Alcázar de Sevilla, organizada por el Ayuntamiento de Sevilla, la Fundación Unicaja y el Museo Sorolla de Madrid e inaugurada ayer en el Salón Gótico del monumento sevillano, ilustra a través de 15 obras del autor procedentes de su museo la creación casi febril a la que se entregó el valenciano en sus estancias hispalenses. Conmovido por el misterio de espacios como el Jardín de las Flores, el Jardín de Troya, el Jardín de la Danza o el Estanque de Mercurio, Sorolla recobra la ilusión, como si el murmullo de las albercas o las fuentes le dictaran un secreto que se afana en descifrar. “Regreso del Alcázar, he terminado un estudio bonito de luz, con este van seis, esta tarde terminaré el que empecé ayer y serán siete. Creo que valen el sacrificio de no estar juntos”, le dice a Clotilde en otra carta, uno de los fragmentos de la correspondencia entre ambos que adorna las paredes de la sala.

El flechazo con el Alcázar le llega a Sorolla en una etapa en la que explora los jardines, tras la impresión que le causan, en 1907, los de La Granja de Segovia. En Sevilla, “se sentirá estimulado por cómo la luz juega con las masas vegetales, el agua, las sombras, la arquitectura”, dice Enrique Varela, director del Museo Sorolla y comisario de la muestra junto con Román Fernández Baca. Varela participó en el acto inaugural con la responsable de Artes Plásticas de la Fundación Unicaja Emilia Garrido y el alcalde de Sevilla José Luis Sanz.

Román Fernández Baca, José Luis Sanz, Emilia Garrido y Enrique Varela.
Román Fernández Baca, José Luis Sanz, Emilia Garrido y Enrique Varela. / José Ángel García

El artista, que volverá a la ciudad con su proyecto de perfilar España para la Hispanic Society, hallará en el Alcázar la intimidad para culminar unas creaciones que “no son paisajes, son poemas visuales”, señala Emilia Garrido. En el sosiego de sus tardes sevillanas se sentirá cómodo para tantear variaciones sutiles en su estilo. “Sorolla”, se lee en un panel de la muestra, “se desenvuelve en la intensidad de los jardines de palacio ajeno a la mirada de curiosos a la que se enfrenta siempre el pintor plenairista en sus sesiones de trabajo al aire libre, ello le permite trabajar con más desahogo y libertad, lo que facilita la experimentación formal que vemos en estas obras”.

La exposición recoge 13 pinturas realizadas en el Alcázar, y otras dos piezas que recrean la casa del pintor –hoy su museo– que Sorolla concibió con una clara influencia del Alcázar. El diálogo entre “uno de los espacios patrimoniales más valiosos de España” con “uno de los grandes maestros de la pintura contemporánea”, como celebra el alcalde José Luis Sanz, abre sus puertas hasta el 1 de marzo. Desde la cristalera que se ubica a la salida de la muestra, por la que se contemplan los rincones que inspiraron al genio, el visitante puede imaginarse a Sorolla bajo el sol del sur, sumido en esa espléndida luminosidad que fue su sello.

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