Las suaves melodías y el desenfreno de la danza
XIII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Componentes: Tamar Lalo, flautas dulces; Enrique Solinís, guitarra barroca; Josetxu Obregón, violonchelo barroco y dirección. Programa: 'Il Spiritillo Brando: músicas del Barroco en el reino de Nápoles, España y América' (obras de Castello, Falconiero, Vitali, Sanz, Kapsberger, Jacchini, Murcia, Ortiz y anónimos). Lugar: Jardines del Real Alcázar. Fecha: Jueves 9 de agosto. Aforo: Lleno.
La Ritirata, el conjunto creado hace unos años por el violonchelista bilbaíno Josetxu Obregón, es un estupendo representante de la joven música antigua española, esa que ha profundizado en el estilo barroco enfatizando la libertad y la creatividad del intérprete, que se muestra ahora como interlocutor y comentarista de los compositores más que en sumiso servidor de la letra conservada en las ediciones y manuscritos antiguos.
Al Alcázar el grupo llegó en formación de trío con el extraordinario guitarrista (también bilbaíno) Enrique Solinís y la flautista israelí, afincada hace mucho en España, Tamar Lalo junto a su director para ofrecer un programa variado, que sondeó en los orígenes del estilo barroco, en las danzas hispánicas y en la primera escuela violonchelística de la historia, la boloñesa, representada por obras de Vitali y Jacchini. Obregón las tocó con sonido a la vez hondo y ágil, con una articulación cristalina y una vitalidad contagiosa. Contó para ello con un acompañamiento extraordinario, el de la guitarra de Solinís, que mostró una vez más su inspiración de músico de talento desbordante, tanto en su tarea de continuista como de solista, haciendo una lectura personalísima y cuajada de detalles de las danzas de Gaspar Sanz y Santiago de Murcia, que superó con mucho el mero ejercicio arqueológico. Más intenso fue aún el acercamiento de ambos intérpretes a la música del romano Kapsberger, que sonó con alucinatoria modernidad.
Aunque Tamar Lalo usó un par de flautas renacentistas, instrumentos hechos en realidad para tocar en consort, su sonido tuvo la incisividad que exigen la Sonata de Castello y las danzas vibrantes, tan cargadas de referencias populares, de Falconiero. Su visión de Doulce Mémoire fue en cambio reposada y lírica, suave y dulcemente melancólica.
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