El vampiro elegante

Mi viaje con Byron | Crítica

El Desvelo recupera Mi viaje con Byron, los diarios que John William Polidori escribió en su viaje a Suiza como médico personal del poeta, y durante el cual se alumbrarían El vampiro de Polidori y el Frankenstein de Mary Shelley

John William Polidori por F. G. Gainsford
John William Polidori por F. G. Gainsford
Manuel Gregorio González

22 de febrero 2026 - 06:00

La ficha

Mi viaje con Byron. John William Polidori. Trad. Javier Fernández Rubio. El Desvelo Ediciones. Córdoba, 2026. 176 págs. 19,50 €.

Es un joven de veintiún años, doctorado en medicina por Edimburgo con una tesis sobre el sonambulismo, quien firma estos diarios. Unos diarios escritos por instigación del editor de Byron, Murray, el cual ofrecería 500 libras por estas páginas, cuyo interés residía, presumiblemente, en la peripecia europea del poeta inglés, y no en las pueriles apreciaciones de su médico, John William Polidori. Como ya supondrá el lector, en el curso de estas anotaciones, que van de abril a diciembre de 1816, se encuentra reseñado, bien que de modo circunspecto, el célebre episodio de Villa Diodati, villa suiza junto al lago Leman, en la que adquieren su realidad última dos mitos perdurables del mundo contemporáneo: el monstruo de Frankenstein, fruto de la imaginación nocturna de Mary Wollstonecraft Shelley; y la no menos monstruosa criatura del vampiro, cuya autoría, recogida en un relato del mismo nombre, se debe, casi en su totalidad, a Polidori.

El vampiro pertenece a un folklore secular, que en el XVIII adquirirá notoriedad debido a las noticias que llegaban de Rumanía

Esta creación ex nihilo del vampiro exige, sin embargo, una aclaración. La novedad que cabe atribuir a Polidori (y a Byron, como ahora veremos), es la imagen elegante y seductora, de refinada maldad, que hoy damos como propia de tal criatura. No obstante, la criatura vampírica pertenece a un folklore secular, no solo europeo, que en los días del XVIII ilustrado adquirirá una singular notoriedad, debida a las noticias que llegaban desde Rumanía, y que el padre Calmet recogerá en su célebre Tratado sobre los vampiros, publicado en 1751; tratado que el padre Feijóo reputará, con razón, como de cierta laxitud analítica. Lo cierto es que, según diversos testimonios, es Byron quien propone a sus acompañantes: Polidori, Percy Shelley, Mary Wollstonecraft y Clare Clairmont, la composición de un relato de fantasmas, tras la lectura de un recopilatorio de cuentos alemanes titulado Fantasmagoriana, y del Vathek de Beckford. Byron comenzaría un retrato sobre un vampiro; Polidori, otro sobre una mujer con cabeza de calavera; y Mary Shelley el germen de su nuevo y moderno Prometeo. Un Prometeo cuya criatura tendrá las mismas lecturas que su amado Shelley por aquellos días: Plutarco y Milton. Es en la entrada del 17 de junio donde Polidori anota: “Las historias de fantasmas son iniciadas por todos excepto por mí”. El hecho es que Byron desistiría de su empeño originario, el cual será llevado a cabo por Polidori en tres mañanas. Los testimonios difieren de unos a otros, y es Mary Shelley, probablemente, quien ofrezca uno de los más detallados, pero muy posterior en el tiempo; aquel que se incluye en su “Introducción de la autora para la edición de Standart Novels” de Frankenstein, que lleva fecha de octubre de 1831. Esto es, quince años más tarde.

En el presente volumen se incluyen dos cartas que Polidori escribió a los editores de El vampiro, aclarando su origen y vindicando la autoría del relato. También algunas cartas familiares donde también se menciona dicho episodio. No es de importancia menor, por otra parte, la “Introducción” y las notas a la edición, rigurosas y pulcras, de su sobrino William Michael Rossetti, hermano del pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti. Ahí se especifica con claridad tanto la difícil personalidad del joven médico, como los problemas financieros que le llevaron a suicidarse con ácido prúsico a los veintiséis años. Según relata Rossetti, el diario se recupera tal cual, salvo un par de episodios “inadecuados” que su madre -hermana del médico y depositaria del escrito- poda resolutivamente. No es, en todo caso, un interés meramente erudito o su avaloración histórica lo que vuelve atractivas estas páginas viajeras.

Probablemente, lo más valioso que encierran estas anotaciones, junto al nacimiento embrionario de un mito, es la segura consideración artística con la que Polidori enjuicia los lugares y obras que visita en su camino a Suiza. En esta consideración debe incluirse una asunto singular, como es el juicio adverso que le merecen los servicios y ciudades de su país, Inglaterra, así como la pobreza de su arquitectura civil, en comparación con la del continente. En Polidori (como también en el suizo emigrado Fuseli), el arte y la civilidad insulares le parecen algo más toscas, pobres y desordenadas que las que encuentra en su camino a los Alpes. Todo lo cual se da, precisamente, en la hora mayor de los viajeros británicos. No son, pues, estas las páginas de un joven y envanecido lechuguino, cuya susceptibilidad parece que exasperó a Shelley y a Byron. Son la obra de un observador exigente y perspicaz, llevado de la petulancia propia de su edad y su mérito. Así lo recordaría luego un Byron distante y comprensivo.

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