Análisis

Antonio Hernández Rodicio

Cataluña, del diván a la mesa de diálogo

La mesa llega en el momento en el que todo está más tranquilo y hay pocas alternativas al diálogo como chupinazo de un proceso de descongelación

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el de la Generalitat, Pere Aragonès, en el Palau de la Generalitat en Barcelona, junto los ministros y consellers que participaron el miércoles en la mesa de diálogo sobre Cataluña.

Han transcurrido cuatro años desde que Pedro Sánchez y Quim Torra, entonces presidente de la Generalitat, acordaran “potenciar los espacios de diálogo”. Un año antes, la cámara del parque de la Ciudadela había aprobado una declaración unilateral de independencia que, cosas de la siempre creativa política catalana, quedó en suspenso al instante siguiente. Aquel metisaca coincidía en el tiempo con las masivas concentraciones en las diadas, con los cargos públicos echados al monte, con las intoxicaciones fabricadas en los laboratorios sociales y mediáticos indepes que instalaban la idea de que la independencia tendría el apoyo de la UE, que las empresas no se marcharían y que la Arcadia feliz estaba en camino. Y los catalanes votaban y facilitaban ejecutivos que solo trabajaban por y para ese objetivo. Hoy la Diada flojea. La confrontación ha remitido. La UE les ha negado el oxígeno, las empresas se marcharon y el reino próspero e ilustrado prometido nunca llegó. Pero los catalanes siguen votando y facilitando gobiernos similares. Y esa bifurcación de la fantasía y la realidad es lo que convierte al procés en una bandera emocional. Y lo emocional se maneja con más dificultad que lo racional, por más que el paro y la precariedad laboral catalizaran también el descontento.

Por eso hay pocas alternativas a la convocatoria de una mesa de diálogo como chupinazo a un proceso de descongelación. La mesa llega en un momento en el que todo está más tranquilo. Las protestas en la calle se van limitando a la alegre muchachada - y en parte, procesada- indepe, esos embozados que ahora llaman traidores a los líderes encarcelados e indultados. Precisamente los indultos, legales y controvertidos, han actuado como bálsamo. El presidente Aragonés es más pragmático y actúa pese a la presión interna de sus socios y las consecuencias que tendrá a futuro. Al menos la política catalana ya no se dicta desde Waterloo. Aragonés no renuncia a lo que llaman confusamente derecho a la autodeterminación, pero tampoco renuncia a tratar de avanzar. Avanzar es un verbo que significa moverse hacia adelante y se opone al inmovilismo. Salvado el principio de que ni la autodeterminación ni la amnistía son posibles porque lo impide la Constitución, esta tendrá ser una negociación colaborativa. Pero una mesa no implica cesiones ni rompe España. Como vaticinó Aznar lo que se ha roto es Cataluña. Y como se ve, está resultando difícil de coser. Una parte de la tarea es esa: ayudar a zurcir el tremendo roto que deja el independentismo. Abundan los peritos en la hipérbole sobre el significado y el alcance de la mesa negociadora, pero faltan voces que ofrezcan alternativas reales a la de sentarse en una mesa para tratar de encauzar el problema político más grave que tenemos planteado los españoles.

Las estadísticas las carga el diablo

Fue en 1992, el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en una Cataluña inundada de inversiones, cuando se registró la cifra más baja de adhesión al independentismo. Además, aquel año no llegaba al 15% el número de ciudadanos que declaraban sentirse solo catalanes. Un 45% decía que eran tan catalanes como españoles. Y un dato más: en 2007 solo un 13,5% apoyaba la independencia. En 2013 el apoyo escaló hasta el 43%. Hoy se mantiene en el entorno del 42%. Son datos de la serie del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales adscrito a la Universidad Autónoma de Barcelona, un organismo que, por cierto, sostiene que Goldman Sach y la crisis económica posterior tuvo más responsabilidad en el crecimiento del independentismo que el TC invalidando el Estatut. Los datos vienen a evidenciar que el independentista no nace, sino que se hace. Y eso significa que esa bola del 42% es irregular en su formación, hay muchos sedimentos: independentistas puros, los pagadores de la crisis, cabreados con la política en general, los adoctrinados por el sistema público catalán, partidarios del derecho a decidir que han elevado su querencia y otro surtidito variado de ofendidos. La mesa de diálogo que lidera Pedro Sánchez no va a acabar con los independentistas, con los que por cierto no hay por qué acabar. Pero se apuntaría un éxito notable si con acuerdos y acciones fuera reduciendo la bola, bajando ese 42%, sacando de la melé a los más razonables, a los que puedan entender que el Estado ni roba ni es enemigo de Cataluña, a los que hayan comprendido que ese es un camino cegado. Los nudos, de uno en uno.

Como reclaman algunos presidentes autonómicos, el presidente del Gobierno podría convocar mesas bilaterales con todas las comunidades. En el caso de Andalucía, el Estatuto blinda, de hecho, la bilateralidad, literatura política extraída directamente del Estatuto catalán que tanto enfadó en su día al PP. Sería estupendo. Pero en ese mismo instante los catalanes exigirían otro formato superior y exclusivo. Se trata de arreglar cosas, no de bloquearlas. Y afortunadamente, el Estado no tiene problemas con ninguna CCAA que no puedan arreglarse antes con voluntad que con mesas. De lo que se trata es de que Cataluña no consiga privilegios ni trato de favor respecto al resto de los territorios. Pero si lo que queremos es una ceremonia puerta a puerta, adelante con las 17 mesas. Pero seguiremos escalando hasta el infinito.

Hay muchas razones para el escepticismo respecto al resultado de esta iniciativa. Pero eso no invalida el intento. Si rigiera ese principio muchos de los conflictos que han desangrado al mundo seguirían vivos. Es política. Y nadie dijo que la política fuera como vivir en unos juegos florales permanentes. Las más de las veces la política tiene estas cosas desagradables pero necesarias.

Para solucionar cosas hay que dialogar. No nos perdamos por los atajos al estilo de Machado, porque en este contexto podrido no existen

Septiembre, bronca y tiro porque me toca

La bronca política vuelve por septiembre como las campañas escolares de los grandes almacenes. En agosto solo dormitaba. Es un mal del sistema. Se ha interiorizado e incluso se jalea una manera de entender la política que, en realidad, resulta desalentador e inútil. Es lógico que los grandes partidos discrepen en sus planteamientos pero no que hayan desarrollado esta patología. Es aterrador que más de cuarenta años de democracia no hayan servido para cerrar acuerdos de Estado estables y duraderos en unas cuantas materias fundamentales.

No tenemos leyes de Educación consistentes y previsibles. Con cada cambio de gobierno se ponen en almoneda y eso incluye el sistema de becas y al sistema de conciertos. No tenemos una política exterior con acuerdos básicos al menos entre los dos grandes partidos. Tenemos una importante empanada mental entre el consenso, los principios y nuestros intereses. Cada legislatura empezamos a improvisar y a dar bandazos: perdemos el foco latinoamericano y abrazamos el atlantismo. Promovemos un bloqueo a la europea para Cuba mientras empresas de otras democracias como la francesa hacen pingües negocios en la isla y ganan influencia. Con Estados Unidos, depende del día: igual ponemos los pies en la mesa con su presidente que no nos levantamos al paso de su bandera; con Marruecos, ese vecino incómodo pero estratégico, política de nueva planta con cada partido. Europa, sí pero no, según, sin, so, sobre y tras. China por lo visto es un bazar donde perdemos los principios que revindicamos ante otros países de menor fuste económico pero con idénticos gobiernos dictatoriales. El Sáhara es un desierto y Gibraltar un peñón habitado por monos al que amenazamos con cerrarle la verja en función de la testosterona del ministro de turno.

Muchos países de larga tradición democrática no ponen en entredicho las líneas maestras de su política exterior. En España ayudaría bastante sobre todo a los propios presidentes, que tienen cero experiencia en política exterior cuando llegan al cargo y podrían aprovechar la experiencia de los que les han precedido. Volvemos a Francia: es lo que hacen exactamente sus primeros ministros con lo que han dado en llamar “el consenso gaullo-mitterandista”. Aquí no tenemos un consenso sobre el mercado laboral; el futuro de las pensiones es un arre-so; y respecto a los acuerdos básicos en torno a la Justicia o los medios públicos mejor debatirlo en presencia de un psiquiatra.

El consenso no significa barra libre. Tampoco es una renuncia a las posiciones de cada partido: de hecho, el disenso es necesario en una democracia. Pero sí es una base sobre la que construir en una dirección sobre acuerdos tasados que permitan trabajar con perspectiva y estabilidad para mejorar la vida de los ciudadanos. Esta dinámica endiablada inhabilita a los líderes para hacer lo importante. Los Rollings Stones llevan 56 años juntos. Tan difícil no puede ser entonces lo nuestro.

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