Los ve uno caminando por Sierpes, Tetuán, Avenida o Los Remedios. Llevan un andar errante pero erguido. Apenas se detienen y si lo hacen es ante algún escaparate cuyo cristal refleje el pasar a sus espaldas; tampoco entran en comercio alguno salvo que el dueño sea conocido y corresponda al saludo. Eso, sí: desparraman la vista casi de soslayo sobre el bar o cafetería donde encontrar el calor amigo de una posible convidá. Es el tieso sevillano (Hispanico pauperem). A un servidor se le antoja el susodicho como el último hidalgo español, descendiente de antiguos tiempos mejores y portador de una suerte de orgullo que le hace inasequible al judaizante esfuerzo.

El tieso sevillano arrostra una dignidad en la indigencia propia de aquellos caballeros castellanos de nuestro siglo dorado con los que hoy sólo comparte la marca del mocasín, tantas veces remendado, pero siempre impoluto. El espécimen en cuestión luce su americana con cierta prestancia y solo el buen observador aprecia en ella, en su corbata y sus pantalones ese brillo un tanto decadente de los mil y un planchados. Como fueran aquellos otros espadachines de escaso patrimonio, el canino hispalense es diestro en el cervantino arte de la esgrima deudora y solventa con cierta elegancia la siempre desagradable y poco oportuna reclamación de cantidad.

Suelen ser de verbo florido y recurrente, no sin gracia, de la que han hecho virtud y necesidad para la supervivencia, y mantienen un linaje laboral cercano a la nada lo que les engrandece conforme avanzan en la edad. Porque el verdadero mérito del tieso sevillano es haber llegado a la jubilación sin haber hecho el menor merecimiento para la misma, es decir, sin haberla doblado en la vida.

A poco que el lector avance en la lectura de esta pamplina, irán apareciendo ante sus ojos las caras de fulano, quien casó con una niña muy rica, de Jerez mismo, o de mengano a quien su padre dejó unos locales con deudas imposibles de levantar, por poner algún ejemplo. Saben nuestros reconocidos de hoy de la enjundia del mediodía o el atardecer, porque Dios no ayuda al tieso que madruga y nada hay peor en esa liturgia que estar demasiado visto.

La hora mediana estimula a la invitación a quien tiene hecho ya el negocio o simplemente detesta la soledad en la hostelería y es ahí donde el tieso brinda su pescuezo generoso para la anécdota o la charla con tintes memoriales. El buen insolvente nunca apura un gañote para no agotar una buena fuente y siempre deja al convidante dispuesto para el siguiente toque. Uno les tiene una admiración cercana al cariño, quizás con cierta envidia -por qué no decirlo- a quienes jamás mancharon en Sevilla sus manos con la afrenta del trabajo. Aquí sean loados todos pues.

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