Análisis

francisco andrés gallardo

Patria al fin

No hay que entrar en el típico debate de si Patria es la mejor serie española de la historia porque más allá de su magnífico piloto la mejorable adaptación de la novela de Fernando Aramburu era conveniente y necesaria. Su visionado es más que recomendable entre los jóvenes, generación que parece haber vivido en la saturación de impresiones sobre la Guerra Civil y sin embargo ha estado en la inopia de lo que fue la tragedia diaria en los años de plomo, donde las víctimas caían de un mismo bando: el de nosotros.

Patria tiene un piloto sensacional pero un desarrollo de siete capítulos en los que se percibe declive por no atinar en el perfilado de las historias personales y pecar de reiteración. De ser relatada linealmente no pasaría del vulgar melodrama y se ausenta en explicaciones como de qué manera germina el irracional odio en el terrorista, origen de todas las desgracias que arrecian entre unos y otros. Elena Irureta como Bittori remata hasta el final su asombroso personaje de resignación y conciliación (perdón y nunca olvido) y la tierna ingenuidad del asesinado, el Txato, que crece por la interpretación de José Ramón Soroiz. Y está la voz de la conciencia en los otros, la hija asaeteada por el ictus, a cargo de Loreto Mauleón. Patria habla de dignidad ante el odio inaudito.

Los peores de la historia son episódicos: los cómplices que orbitan en torno a los desalmados (que llegan a tener un repunte de humanidad), los curas envenenadores, los sindicalistas traidores e ingratos, los sicarios que no dejan opción.

Sobre el final se ha desgranado bastante en las redes. Sin hacer spoiler, la ficción concluye en el estado actual que vive la sociedad vasca: dolor contenido a cambio de cierto futuro en paz, sin concesiones a quienes no tuvieron piedad. En la vida real no se deberían consentir rehabilitaciones como la que goza Bildu.

Esta adaptación de Patria a cargo de Aitor Gabilondo y HBO no debió extenderse durante tantos episodios. O sí, pero abundando en figuras como su único personaje histórico: el infortunado edil Zamarreño.

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