El parqué
Nuevo máximo del IBEX 35
Pedro Sánchez controla ya la legislatura. Con la aprobación de los Presupuestos, que se remiten ahora al Senado aunque el Ejecutivo espera verlos publicados en el BOE antes de concluir el año, tiene amarrada la legislatura y, en la mano, la palanca de los tiempos. Tanto en su propio interés como defensivamente puede prolongar la legislatura hasta su final en noviembre de 2023 prorrogando los presupuestos. Tiene margen para anticipar elecciones en función de las coyunturas o para resistir –es su especialidad– ante un posible y nada descartable final por la vía de un desafecto estratégico del bloque de UP ante la inminencia electoral con el objetivo de llegar a las urnas marcando distancias.
El 55% de la Cámara –188 parlamentarios– aprobaron las cuentas. Se mantiene el bloque que tumbó las enmiendas a la totalidad: Esquerra, PNV, EH Bildu, PDeCAT, Más País, Compromís, Nueva Canarias, Partido Regionalista de Cantabria y Teruel Existe. El acompañamiento de Bildu ha vuelto a llevar a los grupos parlamentarios del PSOE y el PP a la gresca. Parece inevitable que PP, Vox y Cs coloquen a ETA en la Cámara cada vez que Bildu cobra protagonismo. Bildu, que sabe que es imposible conseguir cesiones vinculadas a los presos, ha arrancado dos concesiones al gobierno: desbloquear la tramitación de una ley para crear el fondo de ayuda a las victimas del amianto y la emisión de un canal infantil de la ETB3, en euskera, en Navarra. Aunque su principal objetivo es tratar de alejar a las derechas del poder.
Por cierto, que por distintos afanes, Cs y Vox votaron junto a la CUP y Junts contra los presupuestos de la casa del Rey. Pero que haya tranquilidad, no parece un conciliábulo.
Las cuentas son, al fin y al cabo, la máquina de la verdad de la política. Obras son amores. Y explican, ordenadas por partidas y jerarquizadas por prioridades, un proyecto de país. No dejan de ser unos presupuestos de todos, pero la vinculación de esta ley a la conservación del poder es tan potente que anula cualquier otra lectura. Sánchez ha convertido en un juego de niños aquello de Zapatero de la geometría variable para sacar adelante leyes. Concitar el apoyo de diez grupos y a su propio socio tiene su mérito, por más que las cuentas reflejen el tira y afloja de los intereses territoriales de los nacionalistas, los independentistas, los regionalistas cántabros y canarios y el del diputado irredento de la España vacía turolense.
Solo dos días antes de dar su voto a los PGE, el presidente de Cantabria, Revilla, también conocido como el señor de las anchoas, firmaba junto a otros siete presidentes autonómicos un acuerdo que pide al Ejecutivo que no privilegie económicamente a los nacionalistas. Lo paradójico es 48 horas después su diputado en el Congreso aprobaba las cuentas a cambio de partidas específicas para licitar tramos ferroviarios, carreteras y soterramientos de tendido ferroviario. No se aprecian grandes diferencias entre ese trueque y lo que llaman privilegiar a los nacionalistas. En realidad, cada grupo va con todo a la negociación presupuestaria, como es lógico. Pero según se viste el discurso puede entenderse como una negociación legitima o un pacto vergonzante y una cesión indigna.
Los ocho presidentes de las comunidades más despobladas– cinco del PSOE, dos del PP y uno del PRC cántabro– tienen su propio discurso y sus prioridades para tratar de condicionar el modelo de financiación autonómica en función de sus características. No les falta razón. Tienen serias dificultades para prestar servicios esenciales como la sanidad o la educación. Es lo que llaman la “emergencia demográfica” y exigen poder prestar los mismos servicios que el resto del territorio con independencia de su capacidad recaudatoria. Es justa su reivindicación de que la financiación sea el resultado de un acuerdo multilateral en el consejo de política fiscal y financiera, del que se ausenta Cataluña.
Son más difíciles de comprender las declaraciones de Page. “Representamos a España para sumar, no para fastidiar”. Se ha convertido en un deporte nacional la vocación de representar a España. Primero fue Ayuso con aquel jeroglífico de que Madrid era España dentro de España. Y ahora Page. Empiezan a producir escalofríos estos juegos menores. Como si las comunidades más pobladas, entre ellas Andalucía y Valencia, fueran cantones suizos; o como si quienes defienden postulados nacionalistas dentro del orden democrático e incluso los ciudadanos de esas comunidades no alineados con el nacionalismo merecieran ser excluidos de lo que llamamos España. Necesitamos un Estado basado en los principios de la igualdad de todos los españoles, sin duda, pero moderno, pragmático, sin tanto heraldo apocalíptico. A ver si alguna vez asumimos de verdad una idea moderna de España, plural, conciliadora y necesariamente compleja. Todos los misterios lo son. Y España sigue siendo un misterio.
El PP vuelve a la calle junto a Vox y Cs. En esta ocasión los une la protesta de los sindicatos policiales contra la intención del Gobierno de modificar algunos conceptos de la llamada Ley mordaza, aprobada hace seis años por el Ejecutivo del PP. Aquella Ley, que salió adelante solo con los votos del PP, nació en un contexto determinado: las protestas por la crisis económica. Entonces ya pareció fruto de una sobreexcitación penal del PP y fue inspirada Fernández Díaz, ministro de Interior, y su cúpula policial, muchos de cuyos integrantes están hoy acusados de presuntos delitos y corrupciones.
Pretendían el PP y la policía tener bajo control lo que era incontrolable por ley. Las protestas vinculadas a la crisis en aquellos días se dirigían contra el Gobierno, pero también contra el PSOE. Uno de las singularidades del texto, que ha sido avalado por el TC, es que sancionaba la paralización de los desahucios por grupos de ciudadanos. Pero también escalar edificios sin permiso o fotografiar a los policías. Uno de los aspectos más controvertidos fue la consideración de delito muy grave manifestarse sin comunicación previa ante infraestructuras críticas o celebrar espectáculos públicos prohibidos. Estos delitos se sancionan hasta con 600.000 euros de multa, un argumento realmente disuasorio para cualquier colectivo. Incluso el Ciudadanos de Rivera estuvo en contra al considerar que suponía un paso atrás en la separación de poderes al autoconcederse el Gobierno frente a los jueces la decisión de multar a los manifestantes y a la oposición política.
PSOE y UP le van a pasar el cepillo a la Ley, utilizando la terminología de Alfonso Guerra cuando el Estatut. Pero en realidad no van a hacer muchas de las cosas de las que dicen los manifestantes. Ni se reduce el tiempo de identificación de indocumentados (sigue en seis horas como máximo) pero sí se exigirá que se justifiquen las causas, ni se cargan la presunción de veracidad de los agentes sino que será necesaria una explicación “coherente, lógica y razonable” de la sanción.
Tampoco van a prohibir el uso de material antidisturbio, pero sí será obligatorio que los cuerpos policiales elaboren protocolos específicos para utilizar “los medios menos lesivos para las personas”. Y así casi todo. No parece ningún disparate. Al revés, son en su mayoría enmiendas que abundan en garantizar los preceptos de un Estado de derecho. Porque tampoco se sustituye en el texto la sanción por manifestarse sin previa comunicación: lo que se dice es que eso no será motivo para impedir el ejercicio de las libertades de reunión y manifestación.
En tiempos como estos es casi imposible que los argumentos reales permeen. Funciona el trazo grueso. Aunque es más dudoso que los partidos que se han sumado a las manifestaciones desconozcan la reforma con detalle.
El gran calentón
Lo del otoño caliente es una expresión clásica del sindicalismo. En España vamos a tener otoño, invierno y primavera. Al sector del metal –no sólo en Cádiz, también en el Levante y Galicia– se unen agricultores y ganaderos; y el transporte, que ya tenía convocada huelga a partir del 20 de diciembre. En el sector bancario, en Renfe, los profesionales de la salud mental: es un reguero. En Madrid se han celebrado 3.074 manifestaciones durante los diez primeros meses del año, más que las que hubo durante todo 2019. Suma y sigue. Por un lado están los motivos económicos directos: los sueldos se devalúan, el precio de la luz en los hogares cuesta un 63% más que el año pasado y la cesta de la compra no deja de subir. Y por otro lado está la frustración acumulada, que quedó en barbecho por el virus, y las expectativas de mejora si la recuperación es tan vigorosa como sostiene el Gobierno. Un cóctel que requiere comprensión, mano izquierda y decisiones razonables, eficaces y rápidas.
El Covid contra Schengen
La comisión Europea ha decidido que el pasaporte Covid –que se exigirá para viajar sin restricciones por territorio comunitario– esté condicionado a la administración de una dosis de refuerzo de la vacuna. El pasaporte tendrá así una vida útil de nueve meses y tendrá que administrarse una dosis adicional para su renovación. Sin duda, gestionar la salud colectiva de la UE es tarea difícil. Pero estas decisiones, que parecen indiscutibles en cuanto al interés sanitario y económico general, suponen en la práctica una anulación fáctica de los acuerdos Schengen que permiten la libre circulación por territorio europeo. Un territorio, además, vedado ya para quienes deciden no vacunarse. Es de esperar que, aparte de las protestas de los antivacunas, los tribunales produzcan una abundante cantidad de sentencias sobre la colisión de derechos en coyunturas como ésta.
Presidenta por unas horas
La primera ministra sueca, la socialdemócrata Magdalena Andersson, ha durado en el cargo sólo unas horas. El miércoles por la mañana fue elegida y por la tarde dimitió por no poder sacar adelante sus presupuestos. El bloque de los conservadores suecos y un partido ultraderechistas aprobaron unas cuentas alternativas. Andersson se negó a encabezar un gobierno cuestionado desde el primer día y a aplicar unos presupuestos con medidas liberales y conservadoras que no comparte. Ella y sus socios explicaron que “la práctica institucional” obligaba a tomar esa decisión. Debe referirse a la practica institucional sueca. En España a muchos les parecerá que tanta celeridad en dimitir y tanta ética no puede ser bueno.
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