Análisis

jesús Alba

La humildad, la mejor ambición

Un punto salvado con el colista cierra una semana en la que el Sevilla sacó pecho de futuro y pasado

José Castro y Lopetegui, en un acto institucional

José Castro y Lopetegui, en un acto institucional / Antonio Pizarro

Lo peor que le puede pasar a un club que persigue un objetivo es que pierda su identidad y la perspectiva de dónde viene y hacia dónde quiere ir. Pero más peligroso es, en ese corretear de aquí y allá en la máquina del tiempo, no saber dónde se está.

El Sevilla de Monchi, Castro y Lopetegui ha cerrado, salvando un punto con un jugador más contra el colista, una semana en la que a sus gestores se les ha caramelizado la boca presumiendo de futuro y de pasado. Fue el dios de San Fernando el primero que nombró el reino de los cielos. No lo prometió, pero le puso los ojos como chiribitas al sevillismo hablando de ganar una Liga. Las lenguas de fuego de sus discípulos, lejos de frenar la euforia, se han preocupado más de aventar la copa de cisco hasta ponerla más caliente.

Tenía por más cauto al hombre de los números, pero se ha arrojado también a la ostentación del plan estratégico a cinco años, saltando del título de Liga al de la Champions -casi nada- cuando hace una década de la última vez que el Sevilla quedó tercero.

Y ése es el problema de este proyecto, que lo mismo se sumerge en la bañera de oro de su pasado (conferencias, libros, discursos grandilocuentes, proclamarse el "rey de la Europa League" y lecciones sobre un crecimiento que deportivamente se detuvo hace tres años) que igual se pierde en los muros de sus castillos en el aire.

Está muy bien ondear la bandera de la ambición, y de la máxima exigencia para alentar esa ambición, pero igual de importante es no olvidar la humildad con que subió cada peldaño de la escalera.

Por sacar pecho, hasta sigue haciéndolo de su cantera cuando el único jugador de la plantilla formado en la casa tiene 34 años.

Con más de veinte años de experiencia en el fútbol quien más y quien menos, la verdad es que descoloca tanta referencia al pasado y al futuro cuando el balón lo único que entiende es de presente. Lo demás, simplemente, estorba.

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