Análisis

Andrés Moreno Mengíbar

El peso de la inercia

Catorce años de la misma dirección artística son muchos como para que el Teatro de la Maestranza no caiga (de hecho ya cayó hace años) en la rutina, en la falta de ambición, en dejarse llevar por las opciones más facilonas. En la inercia, en definitiva. Y es lógico, porque las cosas tienen sus ciclos, sus tiempos y la capacidad humana para reinventarse y empezar de nuevo es limitada y sólo asequible a mentes muy abiertas y capaces de pensar más allá de los intereses más cercanos y personales. Serán ya tres lustros de programaciones que han ido perdiendo progresivamente fuelle y que van tropezando en la misma piedra año tras año, repitiendo errores y sin apenas espíritu de enmienda.

La oferta que se nos presenta para la temporada venidera vuelve a incidir en los mismos tics que en los años anteriores. En el terreno de la ópera sólo destaca por su originalidad el doble programa Krenek/Ullmann, si bien en el caso de Der Kaiser von Atlantis sea más que discutible el derecho que Pedro Halffter pueda tener a sustituir la orquestación original por una propia y a insertar en la partitura original fragmentos adaptados de otras composiciones de Ullmann. Si hablamos de una ópera compuesta en un campo de concentración alemán como una sátira contra el poder tiránico por un autor que acabó sus días en las cámaras de gas, el respeto hacia el original deviene una cuestión de ética por encima de la estética. Y eso dejando al margen la cuestión de los derechos por la nueva partitura, que no es baladí. En el resto de los títulos, salvo la circunstancial aparición en versión de concierto del Tenorio de Tomás Marco, volvemos sobre lo ya escuchado en años anteriores. Para un teatro que ofrece sólo cuatro títulos escenificados al año (muy por detrás no ya de Madrid y Barcelona, sino de Valencia, Bilbao y Oviedo: lo del Maestranza como tercer teatro lírico de España no se lo cree ya nadie), el volver a repetir títulos del gran repertorio es un desperdicio de dinero y una flagrante falta de creatividad. Cuando aún no han subido a su escenario títulos verdianos como La forza del destino, I Due Foscari o Ernani, repetir Il trovatore carece de sentido. ¿Y qué decir de una nueva Lucia cuando aún nos faltan por conocer joyas donizettianas como Lucrezia Borgia, Maria Estuarda o Maria Padilla? Y la opción de Andrea Chénier se antoja un nuevo vehículo de lucimiento para una Ainhoa Arteta que parece haber hecho de Sevilla su feudo personal. Lo cual no estaría mal si, además de este título, pudiéramos conocer alguna vez obras maestras del repertorio checo (Jenuffa, Katia Kabanova, El caso Makropoulos), ruso (Bodas en el monasterio, Boris Godunov, La dama de picas), inglés (Britten) o títulos alemanes de la enjundia de Die tote Stadt, Ariadne auf Naxos, Capriccio, Palestrina, etcétera. Y la ópera barroca ni está ni se la espera.

Hace tiempo, pues, que se agotó la voluntad de aventura en el Maestranza y ya sólo se va sobre seguro. Y sobre lo que Halffter quiera o pueda dirigir, que también es otro factor a tener en cuenta: no en vano tres de los cuatro títulos serán dirigidos por la misma batuta, privando al público de conocer a directores especializados, por ejemplo, en el repertorio verdiano.

En cuanto a los repartos no hay gran cosa que señalar como novedad, salvo el regreso de Angela Meade para ese imposible Trovatore y, sobre todo, el nombre de Leonor Bonilla al frente del reparto de Lucia di Lammermoor. El Maestranza ha sido siempre un teatro que programa de espaldas a la realidad musical y artística de la ciudad en la que reside. Y lo sigue siendo en gran medida, por más que se opte por un emergente valor sevillano para protagonizar la inmortal obra de Donizetti. Pero se sigue despreciando el talento local de directores de escena (la aparición de Rafael R. Villalobos es casi una anécdota), figurinistas, escenógrafos y músicos. Como muestra, la enésima contratación de una ópera para escolares del Liceo en vez de apostar por la creación local. Y, para cerrar el terreno de la ópera, recordar que la dirección artística del Maestranza sigue desaprovechando el enorme filón que supone la relación de Sevilla con la ópera a través de más de 150 óperas, muchas de las cuales bien merecerían ser rescatadas aunque fuese en versión de concierto.

Hay que saludar con aplausos el retorno tras un año de ausencia de la zarzuela a Sevilla, aunque sea con la magra aportación de un título. Eso sí, repetir La tabernera del puerto cuando tantos otros títulos están disponibles abunda en esa atonía creativa de la que venimos hablando. Igualmente cabe felicitarse por la mayor presencia de la Orquesta Barroca de Sevilla. No se entiende que haya costado tanto que el mejor conjunto historicista del país actúe con normalidad en su propia ciudad. Hay que recordar que la OBS actuará en una ópera (La Calisto) en el Real, pero no en Sevilla. ¿Por qué?

Nada sorprendente tampoco en el terreno de los solistas invitados: Salvador Sobral y Les Luthiers no sé qué pintan en el Maestranza cuando hay otros espacios para esos espectáculos y faltan fechas en el Maestranza para, por ejemplo, los conciertos de la Sinfónica. Achúcarro y Perianes son siempre bienvenidos, pero hay otros pianistas a los que nos gustaría escuchar también, así como a otras orquestas, empezando por los demás conjuntos sinfónicos andaluces.

En el terreno de la programación de ballet no oso adentrarme dada mi ignorancia al respecto. Salvado ese apartado, la temporada que se acaba de presentar sigue en la senda declinante de los años anteriores. Falta invención, falta imaginación, falta ilusión, falta entusiasmo. Falta amor por el Maestranza y por su público por encima de los intereses personales.

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