De la transición: Miguel Primo de Rivera

El autor destaca el trabajo en favor de la democracia del ex alcalde de Jerez y su enfrentamiento contra los "señoritos" de la ciudad, que seguían añorando a Franco

El rey Juan Carlos, con Miguel Primo de Rivera y Urquijo. El rey Juan Carlos, con Miguel Primo de Rivera y Urquijo.

El rey Juan Carlos, con Miguel Primo de Rivera y Urquijo. / d. s.

Soy de los que piensan que la Historia sirve para aprender y construir a partir de ella, no para manipularla ni para intentar repetirla. Y que cualquier memoria histórica, que ha de ser conocida y preservada, es útil para conocer lo que no se debe volver a repetir, no para ser restregada por unos a otros, o por otros a unos. Creo que los hechos y los personajes históricos han de ser analizados en su contexto y evaluados en ese contexto. Con ese baremo -estoy seguro-, los porcentajes de verdaderos criminales y de auténticos héroes cambian bastante. No obstante, siempre hay algunos que dan la talla, en su momento.

En España, tras la muerte de Franco, hubo mucha gente, de un lado y de otro del espectro político, que fue capaz de dar lo mejor de sí misma. En el entorno de la Corona, un conjunto de personas y grupos, coordinados en torno a Torcuato Fernández Miranda, actuaron para hacer posible un régimen democrático e inclusivo. En ese momento tuvo un papel relevante Miguel Primo de Rivera y Urquijo, uno de los proponentes de Suárez como presidente del Gobierno y ponente de la Ley de Reforma Política, que supuso el haraquiri del franquismo. A partir de ahí, con la posición dialogante, exigente y posibilista de la oposición democrática y tras las elecciones de 1977, se dio origen a la Constitución y a la nueva realidad de España.

Para anteayer, el Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, regido por Mamen Sánchez, socialista ella, y dentro del ciclo El espejo de la memoria, convocó a una Conferencia titulada Miguel Primo de Rivera y Urquijo, alcalde de Jerez (1965-1971). A cargo del historiador Dr. Manuel Ruiz Romero. Esto decía la invitación.

Manuel Ruiz Romero es un ejemplo de historiador vocacional y de andaluz fervoroso. Pocos habrá que, como él, conozcan tan a fondo la historia de la Transición en Andalucía. En su repaso del periodo de Miguel Primo de Rivera en la Alcaldía, destacó su "deseo de convertir al Consistorio, desde el primer momento, en líder y dinamizador de la vida local", en una ciudad que presentaba "la dificultad añadida de carecer en su seno de clases medias y/o sectores profesionales", con una economía "en exceso dependiente de las bodegas y de la agricultura, y a espaldas del sector industrial y de servicios".

La ciudad de Jerez a la que, en 1965, llegó Miguel Primo de Rivera era una ciudad muy difícil: "Un pueblo, en el sentido más estricto de la palabra; con todos los problemas de una gran ciudad, todavía subdesarrollada y a la que había que sacudir de vicios heredados de generación en generación", como dijo él mismo en octubre de 1970. Una ciudad en donde, además -como se puede leer en Wikipedia-, persistía "la figura del señorito jerezano, una clase social anclada en siglos pasados, de maneras y modales aristocráticos. Con la aparición de nuevos empresarios y capitalistas, se mantiene la cultura del señoritismo, religiosa, monárquica y conservadora. La crisis bodeguera de los 90 acabó con gran parte de esta cultura, quedando actualmente pequeños resquicios de lo que la clase señorial jerezana fue" (Wikipedia, Cultura y sociedad jerezana). Con todo ello, entre 1965 y 1971, combatió Miguel Primo de Rivera. Salió airoso del combate, pero nunca fue aceptado por quienes se creían más que los demás mortales, según yo mismo constaté.

Fue en 1984, en mayo, en la Feria del Caballo, a la que yo había sido invitado, como presidente de la Junta, por Pedro Pacheco. Cuando llegué al Club Chapín, para presidir el Concurso de Enganches me sorprendí al ver que Miguel Primo de Rivera estaba esperándome. Él mismo me abrió la puerta del coche, y me dijo: "Presidente, si tú me permites, yo te acompañaré durante el acto, porque los directivos de aquí, que son unos señores feudales, te van a hacer el vacío. Yo los he sufrido en la Alcaldía, y los conozco bien". Así fue. Los directivos del Club Chapín estaban esperando dentro. Allí me saludaron -algunos con la bandera franquista de España en el reloj-, se excusaron con diversos motivos, y nos dejaron solos en la presidencia del acto a Miguel y a mí. A partir de ahí fuimos colegas. (En más de una recepción o gala en que coincidimos nos reímos juntos al contemplar a tantos y tantos supuestos personajes importantes, que paseaban ufanos y mirándonos desde su altura circunstancial, pero que, en realidad, dependían del dedo de alguien para tener un sitio en el mundo).

En 1984, todavía, alguna de las casetas "señoriales" -de ladrillo y forjados- del Real de la Feria de Jerez estaba presidida por una foto de Franco. Me negué a entrar, aunque fui convocado gestualmente. Miguel sabía -como lo sabía Pedro Pacheco, que acabó demoliendo todas esas casetas- que la democracia había llegado, pero sabía también que había grupos sociales que estaban deseando volver al pasado, y que pensaban que España y Jerez eran suyos.

Miguel Primo de Rivera trabajó para crear un régimen democrático y siempre ha sido respetuoso con las instituciones. Desde la distancia y el tiempo, hay que reconocerlo.

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