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Azul Klein

Charo Ramos

chramos@grupojoly.com

Alegría

La ROSS necesita el clima de ilusión que Menéndez ha traído al Maestranza y que se palpaba en 'Agrippina'

En los últimos tiempos nada es lo que parece, el azahar florece meses antes de lo previsto y hasta los títulos de las novelas despistan más que aclaran. Lee una Alegría de Manuel Vilas y al acabar quizá acabe pensando en la palabra Elegía. Esperamos encontrar en la obra finalista del Premio Planeta recetas para atrapar la dicha y hacerla nuestra y nos sorprende un relato que ronda la depresión y los múltiples nombres que la farmacopea ha dispuesto para ponerle un dique a la tristeza.

También asistimos a una escena cultural sevillana muy atractiva de puertas para afuera pero asfixiada en el ámbito privado por la falta de fuelle económico debido al retraso o bloqueo en la tramitación y cobro de ayudas públicas. Y todo ello en una capital que, según el informe de la Fundación Contemporánea auspiciado por La Fábrica, no ha mejorado en 2019 en calidad e innovación cultural y permanece sexta en un ranking en el que Málaga va ya la cuarta tras superar a Valencia y dispone de la institución mejor valorada de Andalucía, el Museo Picasso.

Por eso me parece tan importante lo que ha pasado en el Teatro de la Maestranza con la ópera Agrippina la semana pasada. Acostumbrados a dramas metafísicos y tragedias puccinianas, esta Agrippina de Haendel tiene toda la maestría exigible al gran compositor pero también la gracia, descaro, libertad y excesos que se le pueden achacar a la juventud. En Haendel ser veinteañero nunca presupone bisoñez ni obra menor y la prueba es la deliciosa música que en la soberbia ejecución de la Orquesta Barroca de Sevilla dirigida por Enrico Onofri logró que saliéramos de la última función felices, sin pesar las cinco horas sentados que fluyen especialmente rápidas en el segundo y tercer acto. En los descansos se apreciaba que un clima ilusionante se ha instalado en el teatro que dirige Javier Menéndez, a quien debemos este esperado regreso de la ópera barroca representada tras diez años en blanco pues este montaje tan entretenido como inteligente de Mariame Clément ya lo programó él en su etapa al frente de la Ópera de Oviedo.

Menéndez está acercando el teatro a la gente, como ocurrió con sus presentaciones callejeras de la Compañía Nacional de Danza (¡qué espléndido Cascanueces!) y de Agrippina. Y si ha traído alegría al Maestranza, algo que el dinero no puede comprar y que a menudo tiene más que ver con el dinamismo y el compromiso, como probó su antecesor Antonio Garde, ojalá pase lo mismo con la ROSS una vez concluya el concurso para elegir su gerencia. La Sinfónica necesita que la calidad inmensa extraída del conjunto por el maestro Axelrod (y antes por Halffter) se fortalezca con una gestión sabia, valiente, implicada con lo artístico pero también con la ciudad y capaz de traer, por qué no, alegría al foso y la escena.

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