¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Atilas modernos

Y sí, tiene razón el señor Peyró, los Atilas modernos no se caracterizan por destruir, sino por construir

Nos lo estamos pasando muy bien con el último libro de Ignacio Peyró, Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas 2006-2011. Más allá de su indiscutible calidad literaria, tiene todo lo podíamos pedir a una obra en estos días deprimentes de confinamiento perimetral: migajas del gran Madrid, algunos cotilleos de la derecha española y su brunete mediática, frivolidad pija, retratos impagables de personajes y subpersonajes, restaurantes que son templos, degustaciones de mollates con precios de picassos de la época azul, momentos de lirismo neocanovista… En fin, sobre todo, nos trae recuerdos de aquellos tiempos, hace ya más de 20 años, en los que, cada vez que la perra vida del plumilla nos lo permitía y empujado por las urgencias del amor, acudíamos a Madrid a gastarnos el sueldo en condumios y teatros junto a la dulce Carmen. A lo grande, como señores.

Pero no todo son dulzuras, anécdotas sabrosas y frivolités en este libro editado por Asteroide. También encontramos motivos para la amargura, como en las páginas dedicadas a la construcción en Sevilla de la Torre Pelli, que siempre permanecerá en la memoria de muchos -entre los que nos encontramos- como una batalla perdida. Es llamativo que un escritor madrileño, con poca o ninguna raigambre en la capital andaluza, se haya fijado en la construcción de esa absurda estaca clavada en el Valle del Guadalquivir para ejemplificar aquellos años en los que España se convirtió en el paraíso de los arquitectos pretenciosos y los políticos ignaros. Los argumentos de Peyró, en resumen, no son muy diferentes a los esgrimidos ya en su época por los que nos opusimos a un edificio fuera de escala, de estética vulgar y que agrede de forma incomprensible el perfil de una ciudad con vocación de horizonte. La soberbia de las oligarquías política (ya fue mala suerte que aquellos años fuesen los de la pinza Monteseirín-Zoido) y económica, unida al nulo pulso de la sociedad sevillana cuando no se trata de organizar una coronación canónica, permitieron un atropello que, como dijo un anónimo, parece la cagada de Mazinger. Vitrubio los perdone.

La lectura de estas páginas de Peyró nos ha recordado una anécdota que nos contó Diego Carrasco, el último punk-taurino de la ciudad. Paseaba con su amigo Llàtzer Moix, autor de Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrellas en la España del Guggenheim, cuando toparon con las setas. El escritor catalán se quedó maravillado: aquella cosa resumía todo lo que había querido contar en su ensayo, la unión entre la incultura concejil y la codicia de los más listos de las escuelas de arquitectura. Así se ha forjado la Sevilla del siglo XXI.

Y sí, tiene razón el señor Peyró, los Atilas modernos no se caracterizan por destruir, sino por construir.

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