El balcón

Batet no sabe

El control al Gobierno es una burla, pero el Congreso flojea no sólo por la bronca. Habría que reformar su Reglamento

Meritxell Batet quiere ponerse en su sitio. El menosprecio de los últimos gobiernos (de PP o PSOE) al papel de Las Cortes y los malos modos parlamentarios han rebajado a mínimos al poder legislativo en España. La reacción de Batet tras casi dos años y medio en el cargo llega tarde. La presidenta del Congreso empezó a perder atribuciones desde el primer momento, cuando en mayo del 19 agradeció en un rendido tuit a su jefe Sánchez, presidente de un Gobierno del que formaba parte, que la hubiese designado para el cargo. Separación de poderes en entredicho. Un Gobierno minoritario tiene mayoría absoluta en la Mesa de la Cámara y la tercera autoridad del estado es subalterna del Ejecutivo.

Batet riñó el martes pasado a sus señorías por los insultos y faltas de respeto en los debates. La sobreactuación de los populismos de extrema derecha, extrema izquierda o el independentismo recalcitrante han contaminado al resto. La filípica no sirvió de nada. Al día siguiente, en la sesión de control al Gobierno, la ultranacionalista catalana de Junts calificó a la judicatura y a la policía como fascistas. Y añadió que la detención de Puigdemont en Cerdeña había sido un putiferio. En italiano putiferio significa desmadre, pero la RAE lo define como puterío. Los líderes de los dos principales partidos tampoco se dieron por aludidos. El presidente del Gobierno y el del PP interpretaron un diálogo de besugos. Preguntó Casado a Sánchez si era la equis del caso Ghali, si había ordenado falsear las estadísticas del INE y si iba a traer a España a Puigdemont. El interpelado no contestó, pero contratacó a su rival con las pensiones, en una burla al control parlamentario.

La presidenta sostiene que no hace falta reformar el Reglamento del Congreso, pero sería deseable para que las sesiones de control dejen de ser un hazmerreír. (Como las del Parlamento andaluz, sin ir más lejos). Por ejemplo, habría que poner en marcha largas comparecencias del presidente con preguntas espontáneas, como hacen nórdicos o británicos, en vez de cuestiones registradas con seis días de antelación. Y, ya que estamos, estaría bien que las leyes tuviesen rapporteurs como en el Parlamento europeo. Y, por qué no, que Las Cortes tuviesen un servicio de estudios propio para no depender de los del Gobierno.

Manuel Marín pretendió hacer cambios del Reglamento en su mandato, entre 2004 y 2008, y se quejaba de que ni su partido le apoyaba. No sólo hay que quejarse de la bronca. El Congreso hace aguas y Batet no sabe cómo contener la inundación.

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