Baja Temeraria

¿Bodas, cumpleaños? Regala derechos

Últimamente los anuncios han sufrido un cambio radical: menos capricho suntuario y más... seguridad

La publicidad actúa como el mejor termómetro del Mercado, no hay más que ver en la Tv cascadas de anuncios de perfume para él y ella y suponer que se acerca la Navidad. O lo bronceadores en verano o las rebajas de los grandes almacenes en julio y enero. Esa lista de necesidades imperiosas le sirven al homoconsumidor para sentirse cliente y no esclavo, lejos ya la condición obrera por más que la nómina te diga, en el mejor de los casos, que la midle class es un espejismo o lo va siendo. Pero además de pistas de los usos y abusos de nuestro yo comprador, la publicidad también sirve para saber quiénes somos, qué nos gusta y cómo preferimos vernos. La buena y la mala. Seguro que a los anunciantes de cierta pizzería se le han bajado los humos entusiastas al comprobar cómo en Sevilla sus mupis jugando con la palabra papa han provocado una reacción en contra para regocijo de sus competidores. Lo contrario ocurre con los anuncios de productos de limpieza que, de estar protagonizados universalmente por mujeres limpiadoras y frenéticas, han ido dando paso a una familia que tiene más que ver con la real : allí limpia todo el mundo. No olvidamos el factor idealizador de la cosa. La belleza, por ejemplo, ya no es únicamente un anhelo femenino, ya están empeñados en tener cutis de culo de bebé hasta los boxeadores. Incluso aparecen mujeres con canas, aunque -verdad es- en aquellos productos que tienen que ver con la incontinencia urinaria. (Qué curioso, se ve que a mi generación se le han aflojado los esfínteres por encima de la media).

Últimamente he comprobado que la naturaleza de los anuncios ha sufrido un cambio radical. Menos capricho suntuario, menos urgencia en vestir a la última o tener un coche que no quepa en tu calle y más… seguridad. Entendida la seguridad por esos derechos propios del Estado del Bienestar : salud, educación, tranquilidad en el hogar. Fíjense: en las radios abundan los anuncios de colegios y universidades privadas, de seguros de salud con atención las 24 horas y de empresas de vigilancia. Estas últimas han proliferado como hongos, tanto como la sensación que sus spots provocan: te puedes ir al cine y cuando vuelvas encontrarte a una familia numerosa viendo la tele en tu sofá. Ni un perfume que desmaye al sexo contrario, ni un Marina Dor-Ciudad de vacaciones, ni siquiera un vino peleón (mi preferido siempre fue aquel que se decía "limpio de polvo y paja"). Los derechos han entrado en la puja. Mira por dónde las películas americanas del sábado por la tarde, con sus niños insufribles jugando al béisbol, se han hecho realidad. El poltergeits se ha consumado, ahora somos nosotros los que vivimos al otro lado de la pantalla. Miedo es poco.

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