Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Buenos deseos

LEVANTARSE de buen ánimo por las mañanas, aunque todo alrededor sea un desastre. No permitir que los grandes o menudos contratiempos impidan celebrar a diario el prodigio de estar vivos, pues de esa gratitud elemental nace la fuerza para afrontarlos. Conservar la serenidad en toda circunstancia, en los momentos buenos como en los malos y especialmente en estos últimos, cuando entran ganas de presentar la dimisión, salir corriendo e irse lejos, muy lejos. Convertir las pequeñas virtudes y los sencillos placeres en una razón de vida. Atender lo primero o únicamente a las responsabilidades propias, no pleitear ni formular reproches, no caer en la tentación de considerarse maltratados. Renunciar a imponer ideas, escuchar antes de decir, callar antes que hablar por hablar o hacerlo de cualquier manera.

Comprender que el mundo no nos necesita y que lo que hacemos o no hacemos no tiene demasiada importancia, salvo en lo que puede ayudar a otros. Persistir en el camino trazado aunque no lleve a ninguna parte. Respirar el aire libre, andar mucho, no pensar mientras se anda. Disfrutar de las demasiadas tareas y disfrutar de no hacer nada. Cuidar la salud de la mente -del alma- tanto o más que la del cuerpo, si es que tiene sentido diferenciarlos. Saber apreciar la belleza más allá de las estampas bellas y desconfiar de las que pasan por tales. Rehuir las zonas supuestamente confortables, aspirar a la verdad aunque sea dolorosa o intuyamos que conocerla no nos va a hacer más felices. Buscar el abrazo y la complicidad de los amigos, no agraviar ni sentirse agraviados, hacer reír y reírse, para empezar de uno mismo.

Honrar la memoria de los ausentes, tenerlos siempre en la cabeza y conversar con ellos como si no se hubieran marchado. Recordar con devoción pero sin nostalgia, mantener los ojos abiertos y la frente alta, vivir a conciencia cada día como si fuera el último. Evitar el ensimismamiento, las excusas consoladoras y los paraísos artificiales. Abominar de la injusticia sin hacer distingos, separar las motivaciones nobles de las interesadas, ir de la mano de quienes han descartado el odio o el rencor como instrumentos, pero no la voluntad de lucha. No el cálculo, no la expectativa, no el empeño que se prevé rentable y en su lugar el esfuerzo inútil, la entrega sin condiciones, el desdén absoluto de la recompensa. Para este año y para todos los años, los buenos deseos se resumen en uno: dar y querer sin esperar nada.

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