En tránsito

Eduardo Jordá

Burbujeante y radioactiva

HACE años, Juan Goytisolo escribió un artículo en el que hablaba de cierta marca de agua carbónica de los años treinta, que se hacía anunciar con la fórmula "burbujeante y radioactiva". Como en aquellos años nadie sabía qué significaba "radioactiva", todo el mundo creía que era una prueba de calidad natural, así que aquella marca de agua era una de las más populares de Barcelona. Pero un día cayó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, y luego cayó la segunda bomba atómica sobre Nagasaki, y de repente la palabra "radioactiva" empezó a tener una connotación siniestra que antes no tenía. La empresa tuvo que quitar la palabra maldita de sus etiquetas publicitarias. Y por lo que parece, nunca recuperó la popularidad perdida.

Me temo que ahora nos pasa algo muy parecido. Seguimos teniendo un miedo supersticioso a la palabra "radioactividad", aunque no sepamos muy bien por qué. O bueno, sí lo sabemos: le tenemos miedo porque pensamos de inmediato en las imágenes de la central nuclear de Chernóbyl. O también la tememos porque muchos de nosotros hemos crecido con aquellos conciertos antinucleares de los años setenta, que acababan con gritos desafinados de "¡No Nukes!" mientras el glorioso Neil Young tocaba uno de sus interminables solos de guitarra. Pero si nos preguntan por qué nos oponemos a las centrales nucleares, sólo estamos en condiciones de balbucear unas pocas respuestas incoherentes. Como en tantas otras cosas, nos dejamos llevar por prejuicios irracionales, así que dejamos que los sentimientos más primarios guíen nuestra actitud. En cierta forma, no somos muy distintos de aquellos barceloneses que bebían agua carbónica en 1940, sólo porque era "burbujeante y radioactiva", y justo por la misma razón dejaron de beberla en 1945.

El catedrático Manuel Lozano Leyva sostiene que la energía nuclear es segura y es barata. Yo no lo sé. Lo que sé es que todos pensamos que la energía nuclear es fea y gore, mientras que las energías renovables son bellas y agradables y muy cool. Y eso quizá no sea del todo cierto. Hace poco crucé en coche Navarra, y me encontré con que todas las colinas que rodeaban el Ebro estaban llenas de molinos eólicos. Un molino está bien, incluso cinco o seis, pero cuando vas conduciendo por una autopista desierta y ya has contado 104 molinos eólicos, te dan ganas de parar el coche, coger un ejemplar del Quijote y arremeter contra uno de esos molinos que ya se han convertido en gigantes (o más bien en gigantes ahorcados, porque a mí siempre me hacen pensar en ahorcados). Sí, ya sé que esto no suena muy cool. Pero si a alguien no le gusta, que se lo piense mientras se toma un vaso de agua carbónica. Aunque sea "burbujeante y radioactiva".

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