En tránsito

Caos

¿Es normal que una comunidad pueda decretar el toque de queda? ¿Y es normal que un tribunal lo apruebe o lo anule?

Cuando despertó, el caos jurídico todavía estaba allí". Si ahora mismo tuviéramos que definir nuestra vida, el famoso microrrelato de Monterroso sería la fórmula más sencilla para describir lo que ocurre. Baleares y Valencia han decretado por su cuenta el toque de queda y los jueces han aprobado la medida. Pero en Navarra, en el País Vasco y en Canarias -donde los gobiernos autonómicos también habían decretado el toque de queda-, los tribunales de justicia han anulado la decisión. Una decisión, no lo olvidemos, que afecta a derechos fundamentales y que todos asociamos con dictaduras o con una declaración de guerra (que por fortuna no hemos vivido). Pero ahí no acaba todo. ¿Es normal que una comunidad autónoma pueda decretar el toque de queda? ¿Y es normal que un tribunal de justicia lo apruebe en un sitio y lo anule en otro? Recordemos que el toque de queda es una medida tan excepcional que casi ninguno de nosotros -por fortuna- tenía ni idea de que existiera. "Qué íbamos a hacer, la ciudad estaba bajo custodia/ Qué íbamos a hacer, teníamos que amarnos". Eso lo escribió Paul Éluard, que tuvo que soportar los toques de queda en París durante la ocupación nazi. Pero nosotros no vivimos en la Segunda Guerra Mundial y una medida como esa no puede aplicarse al tuntún, tal como está sucediendo en estos días de caos jurídico y de cobardía administrativa. Y sí, sí, ya sabemos todos de quién estamos hablando: de nuestro Napoleón Primero el Narciso. O mejor dicho, de nuestro Narciso que se cree Napoleón pero ni siquiera llega a ser el canario Piolín.

Y vaya Napoleoncito que nos ha tocado. Lo suyo es la palabrería hueca -resiliencia, sostenibilidad- y el desprecio hacia todo lo que suponga tomar decisiones arriesgadas o que puedan dar resultados imprevistos. Y así estamos, empantanados en el caos absoluto. Y todo, todo, todo lo que hace este hombre sigue el mismo patrón: secretismo, manipulación, improvisación y engaño, aunque todo, eso sí, esté camuflado por las palabras que puedan embaucar a los ilusos: transparencia, buen gobierno, decencia, rendición de cuentas… Es asombroso. No ha habido en nuestra democracia un político que tenga un mejor concepto de sí mismo, y al mismo tiempo, no ha habido otro que haya hecho tan poco y tan mal. Dios santo, qué mal pinta todo. Y el caos jurídico, por supuesto, sigue ahí.

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