Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

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HABLABAN de originalidad, de riesgo, pero por qué lo llaman docu-reality cuando es un simple talk show sin público y con ínfulas, en el decorado de un aula de la segunda desmodernización. Pedro Rollán, tan andarín, nos recordaba a Hermida en su regordeo de muermo. No insistiré en que al programa le falta pellizco, chispa, ritmo, transmitir emociones de verdad y no invitación al lloriqueo. No. A La clase le hacen falta unas cuantas lecciones. Es blanco, sí. Tan suave que parece de algodón. Y tan insípido que hace caer en la indiferencia. Entre el karmeleteo y la somnolencia hay una amplia gama de colores en el entretenimiento.

La evocación siempre es una excusa para la sonrisa y para la guasa, pero para eso hay que reclamar a la memoria colectiva. De esa manera, convirtiéndonos en partícipes, de verdad, en unos recuerdos nos pueden llevar al huerto de las nostalgias individuales, de las historias de unos jóvenes que se presentan talluditos en el plató. El espectador parece quedarse en la puerta.

Se estrenó con unos estudiantes de los 80 de Santa Fe. Cuando la actual alcaldesa de Chauchina estudiaba logaritmos Pedro Rollán y su sonrisa ladeada, tras agradar con su desparpajo a Norma Duval en la discoteca Joy Sherry, debutaba en TVE en un musical con pajarita y copas de champán, Contigo. Y con Jasmine, una rubia con el pelo anillado, la presentadora más lamentable que ha habido en toda la historia española, con permiso de Lara Dibildos. Eso sí que hubiera sido evocación.

Entre lo casposo de aquel olvidado Qué pasó con... y la frialdad de La clase hay un término medio de frescura y sinceridad que es por donde debería caminar este programa de los lunes de poco ruido y menos nueces. La clase ha suspendido el primer examen.

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