TOPARSE con un amigo en un concurso de lustre como Saber y ganar siempre es una alegría. Pero encontrarse con dos a la vez, te hace saltar de la silla. Es lo que me ha ocurrido esta semana cuando, por sorpresa, me encontré a Jordi Hurtado presentando a David Leo García y Roberto Quintanilla. Dos cabezas muy bien amuebladas. El malagueño David Leo ganó el Premio Hiperión de poesía con apenas 17 años. Después fue residente en la Fundación Antonio Gala de Córdoba, y yo creo que le conocí al poco de abandonarla hará ya un lustro. De mi primer encuentro con Roberto Quintanilla debe hacer más de una década, cuando él estaba estudiando en la ECAM madrileña. La última vez que nos encontramos fue en la pasada Semana de Cine de Medina del Campo.

Pero no quiero contar batallitas, sino las sensaciones que han venido a mi mente, en décimas de segundo, al verles. Imagino que no se conocían antes de entrar al plató, y que habrán congeniado. He estado atento a los acentos, yo que tengo un radar especial capaz de disfrutarlos tanto. Y he recordado el impecable vallisoletano de Roberto y el disimulado hasta la neutralidad deje malagueño de David.

También he recapacitado en los famosos seis grados de separación con los que estamos unidos a cualquiera. Casi poniéndolos en entredicho. Porque viendo a David y Roberto en un mismo plano parecía como toda la gente que te interesa, todas aquellas personas que merecen la pena, estuviesen en un círculo concéntrico muy cercano. Vana ilusión, porque no es verdad, pero es lo que esa foto de familia me ha transmitido en segundos. Al verles, he percibido que les quiero mucho. Y he sonreído.

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