La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
EN el camino de soledad que lleva a Jesús hasta la cruz, no falta humillación alguna. Despojado de sus vestiduras (Juan 19, 23-24; Mateo 27, 33-36), queda desnudo. Ya nada tiene, no es más que un marginado, un falsario despreciado por todos. A los ojos del mundo, el reo que va a morir carece incluso de tan mínimo atributo de dignidad. Su insignificancia y su fracaso diríanse consumados.
Pero en Cristo jamás nada es lo que parece. En su desnudez final, supuestamente vergonzosa y lacerante, se esconden dos lecciones intemporales, frutos postreros de su incansable magisterio. La primera es una historia de reparación, de círculos que se cierran, de cálices apurados hasta el extremo: si, tras la expulsión del paraíso, desapareció en el hombre el esplendor de Dios, el ropaje de su gracia, y se sintió azorado y al descubierto, ahora Jesucristo acepta asumir, una vez más, esa situación del hombre caído. Y al pie de otro árbol, tan similar y, al tiempo, tan distinto de aquél en el que pretendimos "ser como Dios", tras recordarnos el valor de la inocencia original, del amparo de una amistad transparente y hermosa con Él, se presta a restablecer, desde el mismo fondo del abismo, la armonía entonces quebrada. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso ineludible en la redención.
La segunda, íntima y cotidiana, interpela la sensatez de nuestros apegos, de cuanto vamos acumulando, sentimental y materialmente, en la extraña esperanza de que aplazará o dulcificará la temida llegada de nuestro ocaso. Nos pasamos la vida buscando refugios, construyendo puertos teóricamente salvos, abrigándonos el alma con las más extrañas telas. Amurallamos, terca y estúpidamente, nuestra esencial e intrínseca debilidad. Es, sin duda, un intento vano. Desnudos nacimos y desnudos hemos de morir. Nada de lo que aquí se nos ofrece nos ha de acompañar en el segundo crucial. Entendida, pues, su inutilidad, libres así de toda atadura, sólo nos restará el manto del amor de Dios.
A mis años, que son muchos, cada vez comprendo mejor la enseñanza del Cristo desnudo. Todas mis engañosas certezas se van desmoronando como arena aventada. Presiento cercano el instante de mi despojo inexorable. Y, como Jesús, a la infinita misericordia del Padre, única verdad realmente inamovible, procuro encomendar la inmerecida salvación de mis torpes extravíos.
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