¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Don Vicente y lo vano de todo empeño

El callejero de sevilla está lleno de zombis, de nombres que ya nada nos dicen pese a que fueron importantes

Le haré, sufrido lector, una pregunta de matrícula de honor en Estudios Hispalenses: ¿Sabe usted quién fue don Vicente Pitaluga y García? No se preocupe, no lo sabe nadie. Y, sin embargo, a don Vicente se le llegó a homenajear con una lápida que colgaron, en 1907, en el Convento de la Merced gracias a la iniciativa de sus alumnos de la Escuela Superior de Artes Industriales y de Bellas Artes, según publicó hace unos días este periódico. Pero poco le duró la gloria a don Vicente. En 1937, en plena Guerra Civil, la misma placa fue reutilizada por su envés para recordar el lugar del enterramiento de Martínez Montañés en la esquina entre José Velilla y la Plaza de la Magdalena, de donde desapareció durante las obras del novísimo Hotel Radisson. Ahora, duerme el sueño de los justos en un almacén municipal a la espera de que se decida qué hacer con ella.

De esta historia no nos interesa tanto las idas y venidas de la lápida como la profunda lección que nos deja: la levedad de la huella que dejamos en el mundo. Sirva la historia del olvidado don Vicente Pitaluga y García como meditación de noviembre sobre la fugacidad de toda gloria y lo vano de nuestros empeños. Por tanto, quisiera ser este artículo como una vanitas del XVII, con sus relojes de arena, sus pistolas, sus calaveras, sus tibias y sus flores mustias, como esos cuadros que don Enrique Valdivieso recogió en su Vanidades y desengaños en la pintura española del Siglo de Oro. Poco le sirvió a don Vicente que su nombre fuese grabado en piedra. En apenas treinta años había sido completamente olvidado. No hay monte que no termine reducido a polvo por el viento del tiempo.

Pero más allá de estos pensamientos existenciales, el asunto de la lápida de la Magdalena nos deja también reflexiones de índole práctica en el campo de la gestión del nomenclátor de Sevilla. En alguna otra ocasión ya hemos criticado el absurdo de cambiar el nombre histórico de calles como Oriente o De la mar por el de personas que nadie niega su valía y honor, pero cuyo recuerdo, al igual que el de todos nosotros, se convierte en cenizas en apenas unas décadas. El callejero de Sevilla está plagado de nombres zombis, de apellidos que ya nada nos dicen, por muy importantes que fuesen en su momento. Quizás ésta sería una gran revolución, devolver a las calles sus antiguos y hermosos nombres. Ahora que se conmemora el 250 aniversario del plano de Sevilla de Pablo de Olavide sería una buena oportunidad para emprenderla.

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