Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Estudiante

CON la marcha de Galiardo, de Sancho Gracia o de Pepe Sancho se va agotando de forma un tanto prematura una espléndida generación de actores y sus tragedias personales nos advierten de los estragos del cáncer y de las acertadas medidas que se han impuesto para atajar el consumo de tabaco. Por desgracia, la muerte de estos rostros queridos y reconocidos están unidas por el nexo de un vida pegada a la nicotina. Es la lección postrera, e imprevista, que nos ha dado este perpetuo estudiante y emprendedor que se nos ha apagado dejando algunos de los mejores villanos que tuvo la televisión reciente en España, el sinvergüenza facha, pero entrañable, de don Pablo en Cuéntame cómo pasó; y el especulador siniestro y exquisito de Rubén Bertoméu en Crematorio. La primera, la serie más completa que se ha grabado (se graba) en España; la segunda, la mejor serie española de la historia.

Antes de ser el malo más eficaz (lástima del truncado Imperium), Sancho fue un pieza de cacería de los programas del corazón y muchos espectadores se reían de las sinceras vehemencias del ex de María Jiménez. Al infortunado Pepe le pasó factura aquel matrimonio mediático cuando acababa de desvestirse de El Estudiante de Curro Jiménez, papel que le dio la popularidad pero que le supuso una piedra atada que no se pudo quitar hasta más de quince años después de agotarse aquella ficción de bandoleros castizos, patillas y teleras.

Desaprovechado injustamente durante muchos años, Pepe Sancho fue una figura indiscutible que se valoró tal vez algo tarde, mientras los tomates exprimían sus airados desaires. Fue un estudiante de la escena y de la pantalla. Sí, todo un maestro de la interpretación

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