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Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

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Historia de la caca cotidiana

Poco quedó vivo en Pompeya tras la erupción del Vesubio. Los investigadores estudian ahora los detritus de sus cloacas

Hoy, 2000 años después de que el Vesubio cubriera de cenizas Pompeya, los científicos han descubierto que en esta ciudad los esclavos y los señores disfrutaban de una dieta muy semejante. Las cenizas atosigaron el pululante río de la vida de esta villa, pero, milagrosamente, respetaron las cloacas. El análisis de heces de individuos de clases diferentes, extraídas de las alcantarillas, ha demostrado que amos y esclavos se alimentaban por igual con la saludable dieta mediterránea. Los excrementos nos hablan, pero el fuego silenció la vida. Es muy probable que el día de la erupción algún filósofo discurriera con sus amigos en el simposio sobre los temas más profundos. Sobre la naturaleza de las cosas, sobre el alma y sus cualidades. De lo bien que el invento del alma bella había venido a los viejos, a las mujeres hermosas, a todos aquellos que carecían de hermosura o que la habían perdido con el paso de los días. Hablarían de los dioses y de los ritos órficos de iniciación. Pero, súbitamente, el Vesubio les retiró la palabra, como si de una severa presidenta del Congreso de los Diputados se tratara. Las cenizas volatilizaron las palabras de amor, sepultaron el cotorreo de los esclavos que habían acudido al puesto de comida rápida, el termopolio, a comprar el menú del día. Las maldiciones que por lo bajini soltaría la esclava que en unas de las pinturas pompeyanas soporta el peso de su señora beoda y vacilante. Las claves que nos permitirían conocer a fondo los jugosos detalles de la vida cotidiana de aquellos romanos se perdieron o se inundaron de silencio o polvo. La terrible erupción de virus letales que ahora, como las ardientes cenizas del Vesubio, amenazan nuestras vidas, nos ha pillado a todos parloteando, opinando, maldiciendo, mintiendo, insultando, pontificando. Los investigadores que dentro de miles de años deseen saber cómo sobrellevamos la catástrofe se enfrentarán, no al silencio de los calcinados, sino al ruido excrementicio y ensordecedor de hemerotecas, bases de datos, mensajes de Twitter, de Telegram, de imágenes de Instagram, de Tik Tok… Toneladas de basura, y de detritus verbales inextricables. Tan abundantes, que les resultará difícil, debajo de tanta inmundicia, rastrear el hilo delicado y razonable del sentido común que, en voz baja, consiguió salvar los muebles para que todo no ardiera.

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