La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Hartos de estupideces
El Viernes Santo, avanzada la mañana, los trajes de pajes en sus perchas despidiendo esencias de incienso y los cuerpos ahormados ya de toda una semana, me desperté y leí tu mensaje. Me preguntabas cómo había visto yo el rostro de una Virgen, pero no me precisabas a cuál te referías. Te pareció más blanca de lo habitual por la televisión, según me contaste, y ya por la mañana la viste definitivamente con el rostro moreno que te gusta. Te respondí que las vírgenes no tienen el rostro blanco sino anacarado... Pero la verdad es que seguía sin acertar a qué imagen aludías. Era lo de menos. La clave, hermosa donde las haya, era y es estar comunicados a cualquier hora del día. Tú me cuentas, yo te respondo. Yo veo que publicas algo y te lo valoro. Con risas, con llanto, con asombro. No quieres ya recibir visitas. No importa. Escribe, escribe, no dejes de escribirme. Pero me dices que ya te queda poco, que tienes las manos cada día más agarrotadas. Pues ya encontrarás la forma de escribir, seguro que la hay. Mira Jordi Sabaté la que lía en las redes sociales, un monumento al ánimo, la esperanza, el coraje, la lucha por la vida cotidiana, el sentido del humor y la capacidad de ser él quien nos dice a los demás cada mañana: ¡arriba los corazones! Tú no dejes de escribir como el ciclista no suelta los pedales, el cocinero no le quita el ojo al fuego o el piloto no suelta los mandos. No lo dejes nunca. Ni tu carácter tan particular, ni tu acidez, ni tu vehemencia, ni tu capacidad para recular cuando es preciso con la mano puesta en ese gran corazón.
Vamos a discutir por el uso de las preposiciones, los tiempos verbales y las concordancias de género y número. Me tienes frito con los mensajes sobre el club de tus amores. Pero me gusta que me sigas friendo en tus estados de WhatsApp. No lo dejes tampoco. Recuerdo las sardinas de verano en casa del maestro Ruesga Bono, con tu mujer, con tu niño tan cofrade y tan niño por aquel entonces, tan carnavalero después como tú, que hasta nos vimos una noche en el ambigú del Falla en una semifinal, los Domingos de Ramos ante el palio del Subterráneo en la esquina de Doña María Coronel, tu vozarrón en todos tus análisis, la pasión en tus escritos, las camisas nuevas de El Corte Inglés, el fax enviado a Jabugo Center para que Lopera te respondiera las preguntas sobre los fichajes... En tus días de enojo con el oficio decías que te volvías a vender mármol blanco de Macael, de Cosentino. El caso es que nunca pasas inadvertido. Ni en el periodismo ni en la vida. Hoy quiero que todos sepan que sigues escribiendo a tu manera, con tu sello y tu legítima forma de ser. Haces bien en abrazar tu cruz, compañero. Ay del que no lo hace. Eres ejemplar.
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