¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Julio Iglesias y la motosierra
NI el guionista más provocador ni el programa más metepatas hubiera roto de forma tan implacable uno de los momentos de clímax de la gala de los Goya. Lo que no se entiende es cómo pudo llegar al escenario un tipo tan fichado y cómo le permitieron estar arriba tantos segundos que a todos se nos hicieron eternos. Y para colmo salió la imagen que el reventador Jimmy Jump, el eurovisivo, quería lograr, encasquetándole la barretina al busto. Con razón su paisano Buenafuente le tildó de imbécil. Què tio més capsigrany.
Esa anécdota que tiró por tierra la entrega del premio a Javier Bardem fue uno de esos detalles que hacían contagiarnos de que las aguas subterráneas de la Academia bajaban negras. La atmósfera estaba crispada por el enfrentamiento de la Ley Sinde y la anunciada dimisión de De la Iglesia. Aunque se intentó repetir la entretenida gala del año pasado, el resultado distó bastante de lo mostrado en 2010. La fiesta de este domingo regresó al ritmo cansino y el humor forzado de otras ocasiones, como sucedió con el número musical liderado por Luis Tosar y compañía, un gag fallido. Andreu Buenafuente puso todo su pundonor, pero el ambiente, enrarecido, no podía ser el mismo que en la edición pasada y confiaron demasiado en tantas piezas que tenían enlatadas. El problema sobre todo estuvo en la excesiva duración de la mayoría de los agradecimientos. La duración de una gala no puede depender de la efusividad de unos ganadores. Aunque todos tengan su derecho a un minuto de gloria, es un derroche para un programa en prime time.
La realización se trabajó el asunto. Qué buen momento narrativo el de las imágenes de la futurible presidenta, Icíar Bollaín, durante el discurso de Álex de la Iglesia. Pero qué mal esos planos generales en la galería de obituario que nos impidió identificar algunos nombres.
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