Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Leyendo calles

La ciudad parece en manos de mercaderes que la ven como un negocio propio, una explotación

En el paseo matinal del domingo, con la ciudad aún desperezándose, constatas dos evidencias: una, hay otra Sevilla; y dos, te vas haciendo viejo. No hay ruidos. La juventud está durmiendo, estragada por la juerga. Es el momento idóneo para los pequeños descubrimientos (sí, hay lugares que aún no conoces o que en recorridos anteriores has pasado por alto). Todo es más lento. No hay prisa por llegar a ninguna parte porque, sencillamente, no se va a parte alguna. Es andar por andar. No hay obstáculos. Con los cerrojos de casi todo echados, la ciudad se ofrece más abierta. No hay trastos en las plazuelas ni en las alamedas. No hay sillas, ni mesas, ni sombrillas, ni toldos (ya los pondrán más tarde, es cuestión de pocas horas). Están todavía vacías, perfectas para disfrutarlas vírgenes, en su plenitud y en exclusiva.

Algunas calles apestan a las meadas largas del sábado noche, pero con suerte de alguna ventana también llega el olor del café haciéndose. Y de otra sale la voz apaciguadora de un locutor de radio, de la radio matinal de los domingos, tan distinta a las del resto de la semana: alguien que en una emisora conversa con un historiador, un médico o un ebanista en una charla muy alejada del estilo de esos líderes de audiencia que, unos como clérigos y otros como comisarios, se dedican a dar sermones y monsergas y a juzgar y a dictar sentencias y hasta a ejecutarlas. En esos programas que parecen emitidos por Radio Almorrana y que los más egocéntricos y narcisistas bautizan con su nombre o con su apellido, la vida no es lo que parece, la vida es lo que a ellos les parece y por lo tanto así tiene que parecérselo a los demás. Menos mal que se cogen el domingo libre, así liberan al resto de su parecer.

Por lo que habrá que rezar para que no se apropien también de este día, no sea que estropeen el paseo silencioso y el sosiego desde el que descubres rótulos que nunca habías tenido en cuenta, como el de la calle Doctor Jesús Vida (antigua Aguiar). "Eso sí que es un nombre, no se puede competir con él", te dices. El Dr. Vida. Y te lo guardas en la memoria para indagar sobre él. Y una vez que lo haces y te enteras de quién fue este médico, este pediatra, sientes cómo te reconcilias con Sevilla, a la que tantas veces le has adjudicado el título de esa novela, Otra noche de mierda en esta puta ciudad. Porque si ha sido, es y será la ciudad de sólo unos cuantos hombres y mujeres como ese, como el Dr. Vida, no debe ser tan desapacible y arisca como en tantos otros momentos te lo parece, esos en los que te preguntas si no estará en manos de tarados o, quién sabe, en poder de mercaderes que no viven aquí y que la manejan como un producto manipulable, apto para el consumo de otros y, por lo tanto, como un negocio propio. Una explotación. Y que dure, les oyes decir.

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