Maestros en Arquitectura

Ellos eran maestros y nosotros aprendices de una enseñanza más próxima y artesanal

El reciente fallecimiento del arquitecto Luis Marín de Terán me ha hecho pensar en la fortuna de haber tenido auténticos maestros en mis estudios de arquitectura, poder disfrutar de sus conocimientos y apreciar su personalidad, el modo de comportarse, la relación con sus alumnos, etc…. A lo largo de aquellos años fueron varios a los que considero maestros y me gustaría rendirles aquí un pequeño homenaje de recuerdo a algunos de ellos, tanto a los que están entre nosotros como a los que ya nos han dejado y que influyeron indudablemente en nuestro pensamiento y en la forma de ser y comportarnos.

El matemático Antonio Castro que nos enseñaba cálculo en los claustros de la Facultad de Ciencias, con la puesta en escena y el ritual universitario de las grandes aulas en anfiteatro, con varias pizarras que al terminar la clase estaban llenas de fórmulas y anotaciones. El pintor Miguel Ángel Pérez Aguilera con el que aprendimos mancha de estatuas clásicas y su inigualable manera de dibujar con un pequeño trozo de carbón, como una prolongación natural de sus dedos y los trazos que surgían rápidos o lentos, finos o gruesos, que expresaban la presión y giros de la muñeca. La precisión y limpieza que había que tener para poder dibujar una columna jónica como nos enseñaba Juan Cordero, que entre volutas y ovas nos daba a conocer la belleza de los collages y esculturas del pintor contemporáneo Ben Nicholson. Y por supuesto el auténtico magisterio que ejercía el arquitecto Rafael Manzano en sus clases de Historia de la Arquitectura, mostrando cómo, con una tiza en una pizarra, se podían desvelar de manera precisa y preciosista a la vez, los secretos y razones de la construcción de Santa Sofía de Constantinopla o la Mezquita de Córdoba y la profunda relación entre los detalles y la idea general.

La tarde que vi entrar en el aula de proyectos por primera vez a Luis Marín, a los pocos minutos de hablar, explicar, manejar su lapicera, cargar y fumar su pipa, la manera cuidada y despreocupada a la vez de su vestimenta, me dijeron que estaba delante de un arquitecto. Y con los años he sido consciente que eso era lo que principalmente nos enseñaba, la condición compleja y artesana de nuestro quehacer. Para abrirnos la puerta de un universo que aún desconocíamos. Era cuestión nuestra hasta dónde podíamos llegar. Cómo había que ser culto, humanista y científico, renacentista en suma y saber expresar nuestras ideas con un papel y un lápiz y a la vez poderlas transmitir con lenguaje preciso.

Ellos eran maestros y nosotros aprendices de una enseñanza más próxima y artesanal, que pasaba por el contacto con los útiles necesarios para trabajar: carboncillos, grafitos, tintas, acuarelas, papeles de distintas calidades y tamaños, libretas, blocs, reglas, compases, pinceles y más lápices y por supuesto gomas de borrar. Así aprendimos a llevar siempre un lápiz o pluma y una libreta para notas y bocetos. Porque es el mejor modo de conocer y enseñar nuestro oficio.

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